El dedo negro

—¿Y bien, niña? —le preguntó insistente la vieja.

—¿Lo dice en serio? —Alana se sentía ridícula por tener que preguntarlo siquiera. Aquella vieja se le había acercado entre la multitud que escuchaba -demasiado atenta- al charlatán que prometía tener poderes extrasensoriales. El tipo estaba presumiendo de poder mover objetos con su mente y de adivinar cosas imposibles cuando, Alana, miró a un lado, escéptica, y se encontró con el rostro de una anciana. Era muy vulgar, cara redonda, arrugas muy marcadas al lado de las comisuras y la frente, un moño apretado en una cabeza pequeña, blanco como la nieve recién caída. Era de estatura baja y de cuerpo redondo pero más flaco de lo que uno advertía en un primer momento. Vestía de gris y calzaba unas botas que llamaban la atención y no parecían muy cómodas.

La mujer le había dicho, riéndose del mentalista: “Ese tipo es un canalla mentiroso”, Alana sonrió, aunque no le estaba haciendo caso a la vieja, no hasta que dijo lo siguiente: “Lo sé porque yo sí que puedo hacer esas cosas”.

Alana se la quedó mirando, su sentido de la educación le impedía decir lo que pensaba de verdad. Y la vieja parecía convencida. Repitió sus palabras y añadió que podía demostrarlo. Se quedó mirando el escenario y de repente, las cortinas que había tras el mentalista se removieron.

—¿Has visto? Eso lo he hecho yo.

Alana la miró, perpleja, la mujer parecía convencida y decidió preguntarle.

—¿Lo dice en serio?

—Por supuesto, niña—confesó la vieja. —Y puedo demostrártelo.

—Las cortinas se han podido mover por mil motivos —dijo Alana.

—Es verdad, dime tú qué hace falta para que me creas.

—No se me ocurre nada —Alana no quería creer, pero la anciana parecía tan convencida…

—Vamos, niña, veo en tu interior, no lo olvides —le explicó la mujer, señalándola con un dedo largo y huesudo. —Hay alguien que te molesta. Dime qué darías porque dejara de hacerlo.

Alana sonrió. Por supuesto que había alguien que la molestaba, todos teníamos a nuestro alrededor personas molestas, no era una gran hazaña saberlo.

—Vamos, dime, ¿qué darías? —insistió la vieja.

—Daría un dedo de mi mano porque dejara de hacerlo —dijo divertida y escéptica.

—Muy bien, muy bien —contestó la vieja.—Veo en tu cara que no me  crees, pero esto ha sido un trato, querida. Y yo soy de palabra —dijo la vieja muy seria. Alana se giró para mirar el escenario y al volverse, la vieja había desaparecido. Buscó a su alrededor y no la encontró. Un escalofrío le recorrió la columna y trató de olvidarla y seguir con el resto del día como si nada hubiera pasado.

Esa misma noche, poco antes de acostarse, comenzó a sentir un picor en el dedo meñique de la mano izquierda. Se obligó a no rascarse y poco a poco se fue quedando dormida. No había amanecido aún cuando se despertó, tenía la mano izquierda dormida y no fue hasta que encendió la luz, que vio que su dedo meñique estaba morado, casi negro. Se asustó mucho y sin pensarlo, se marchó a urgencias, donde trabajaba como enfermera. Al llegar, una de sus compañeras  la vio y corrió hacia ella.

—¿Cómo te has enterado? —le preguntó.

—¿Enterarme? —preguntó Alana.

—¿No has venido por Enrique?

Alana sintió una punzada en el corazón. Enrique era esa persona que tanto la molestaba y en la que había pensado cuando la vieja le preguntara. Escuchar que algo le había pasado añadido a su dedo meñique, le hizo recordar las palabras de la vieja… la bruja, ahora sí que la creía.

—Anoche comenzó a tener fiebre, estaba de guardia y se desplomó en un pasillo. Está en coma y nadie sabe lo que le pasa.

Pero Alana sí lo sabía. La bruja había cumplido su palabra. Se lo había quitado del medio y a cambio se había cobrado. No tenía más que mirar su mano izquierda para saberlo.

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