Levenia

Podría comenzar así: “Hace mucho tiempo en un lugar muy lejano…”, pero mentiría, porque no hace tanto tiempo, casi juraría que fue ayer cuando sucedió y no un lugar lejano, fue aquí, en nuestro mar, en nuestro océano. Fue en estas mismas aguas, que bañan nuestros cuerpos sudorosos en verano, donde vive, Levenia.

Pero no siempre vivió ahí, no, eso lo sé yo y algún que otro viejo de por aquí. Nació como tú y como yo, fue una madre humana la que le dio la vida y a la que ella se la quitó después. Era una asesina. Podría decirte que fue en lo que se convirtió, pero también mentiría, porque siempre lo fue. Uno nace siendo algo, aunque a veces la vida te transforme. Yo nací artista, pero soy herrero. ¿Ves la diferencia? Por supuesto, eres joven y crees que lo sabes todo.

Como te decía, Levenia fue una vez Irene, una hermosa joven pretendida por todos los hombres que la rodeaban. Sólo le importaba su belleza, nada más. Bueno, también le encantaba matar, ya te dije que era una asesina. Te preguntarás por qué nadie la detuvo; eso es sencillo, era tan hermosa que todos estábamos enamorados de ella. Y el amor tiene esa propiedad, te vuelve ciego ante la realidad. Muchos dicen que también era bruja y la verdad es que siempre lo creí posible. A mí mismo me embrujó, todavía hoy me tiene hechizado.

Bueno, como siempre estoy contándote cosas que nada tienen que ver con tu pregunta. Querías saber quién es la bruja que habita en estas aguas, Levenia la llaman. La llamaban así porque las leyendas marinas hablan de una bruja que habita cerca de aquí, y que gusta de llevarse las almas de quienes osan profanar sus aguas. Pues yo te lo contaré , pero cuando no puedas dormir, dentro del barco que vas a tomar, no me eches a mí la culpa de tu insomnio…

Irene cometió muchas perversidades, en el pueblo y en los alrededores; hasta que alguien decidió detenerla para siempre. Nadie sabe quién fue, podría haber sido yo mismo, mis recuerdos comienzan a disiparse antes de que pueda verlos… fuera quien fuese, alguien la mató. Le cortó el cuello mientras dormía. Algunos pensaron que fue ella misma la que se quitó la vida; encontramos una nota en la que pedía que arrojaran su cuerpo al mar. Y así lo hicimos. Supongo que fue por miedo, nada más, porque nadie la quería realmente. Aunque de alguna forma, yo la quise.

Poco tiempo despúes de su muerte, comenzaron las tormentas, terribles tempestades que azotaban los barcos que derramaban sus cargamentos antes de tomar tierra. Pero querrás saber cómo nos deshicimos del cadáver, a los jóvenes os gustan esos detalles.

Sólo estuvimos presentes tres personas. El alcalde, el cura y yo. No estoy seguro de por qué fui. Supongo que después de todo la amaba de verdad. Es curioso lo que un corazón puede llegar a sentir por alguien que no tiene. No me enamoré de su belleza, no, tenía algo que sólo yo vi. Sí, lo sé, dije que tenía locos a casi todos los hombres del pueblo. Pero te estoy diciendo que fui el único que acudió a despedirla. Si alguien más la hubiese querido de verdad habría estado allí.

Ya me estoy yendo por las ramas otra vez.

Llovía. Sí, llovía. Extraño, porque no era época de lluvias y porque comenzó a llover justo en el instante en que pusimos un pie en la playa, y dejó de hacerlo cuando, el ataúd de madera de balsa, desapareció en el horizonte. Fue raro, pero la verdad es que ninguno nos preguntamos jamás por lo que sucedió aquel día. Todavía recuerdo su hermoso rostro allí, con las mejillas claras, cuando siempre estaban sonrosadas, y los párpados oscuros. Sus labios, siempre del color de las frambuesas maduras, tenían ahora el tono de las moras; y su piel era blanca, no pálida, no, blanca como las nubes del cielo de verano. Iba vestida con un hermoso vestido de seda que se agitaba con el viento y, tapando el corte de su gargante, un fular negro, también de seda. Se la veía tan hermosa en muerte como en vida.

Sí, ya te dije que era muy hermosa y sí, era tan malvada como bella. Pero la amaba y aquel sentimiento era más fuerte que el miedo que le tenía. ¿Que por qué era malvada? Eres joven. Todavía no eres capaz de ver que el mal existe. ¿Alguna vez has visto a una anciana cargando con un cántaro y la has ayudado a llegar a casa? Sí, claro que sí, yo te eduqué bien, muchacho. Si hubieras nacido torcido, no te habrías ni preguntado si aquella anciana necesitaba ayuda. Y si hubieras sido muy malvado, te habrías preguntado si serías capaz de alcanzar aquel cántaro con una piedra y derramar así su contenido. Irene nunca se detuvo a ver si alguien sufría o si necesitaba algo de ella. Nunca miró atrás para ayudar a quienes la seguían. Siempre lograba lo que se proponía sin importarle los que cayeran a su paso. No tenía inconveniente en pisar a otros, ni en terminar con su vida si le estorbaban.

Era una mujer rica. Su familia era dueña de medio pueblo. Pero ella se crió sola, todos murieron en un desafortunado incendio. Ahora me pregunto si no fue ella misma la que lo provocó. Fue por aquello por lo que empezaron los rumores sobre su condición de bruja. La casa entera ardió, excepto su dormitorio. Las llamas devoraron todo a su paso y sólo se detuvieron cuando la lluvia comenzó a caer en un torrente continuo. Su habitación fue la única que no sufrió desperfectos y su vida la única que continuó.

Ya era un adolescente cuando todos comenzaron a tenerle miedo de verdad. Los trabajadores de su finca la temían. Muchos hablaban de cómo trataba a quienes holgazaneaban. Tenía mucha facilidad para impartir castigos físicos y no le importaba quién se ponía bajo su fusta. Yo mismo caí bajo su látigo en una ocasión. Ya has visto las cicatrices en mi espalda. Aquello cambió mi vida y la tuya, muchacho, porque de no haber sucedido, tú no estarías aquí ahora. La mañana fue larga, unos bandidos habían robado algunos caballos y estábamos reparando la cerca. Aquella noche le tocaba vigilar a un anciano, ¿cómo se llamaba? No lo recuerdo. El anciano confesó que se quedó dormido y yo decidí culparme, sabía que Irene lo mataría por ello. Cuando descubrió que el culpable tenía rostro, se apresuró a coger su látigo y a ordenar que me apresaran. Pedí que no me ataran y ella lo consintió. Creo que aquello fue lo que lo cambió todo. Me retiró la camisa del cuerpo y me ofreció arrodillarme para que el sufrimiento fuera menor, pero me negué. Sólo era un peón, pero tenía orgullo. Me quedé en pie golpe tras golpe y ni siquiera abrí la boca para dejar escapar el dolor en forma de grito.

La verdad es que no recuerdo el dolor. Recuerdo los golpes y que algo dentro de mí ardía, recuerdo el olor, un olor acre y penetrante. Sangre y sudor. Aunque también creo que podía oler el odio que salía de ella ante mi pasividad. Aquello marcó la diferencia, supongo. Creo que fue en aquel preciso instante en el que nuestras vidas quedaron unidas para siempre.

No, no te estoy diciendo que me enamorara de ella en ese instante. Ya la amaba de alguna forma, era bella e inalcanzable y parecía sufrir. Y aquella noche supe que ella también sentía algo así por mí. No me amaba, pero me había atrevido a desafiarla y aquello era algo que nadie jamás había hecho.

Era media noche cuando entró a mi cuarto, una habitación en la que apenas cabía un colchón de lana y una silla sobre la que reposaba mi ropa. Estaba totalmente desnudo. Mi espalda ardía y una criada limpiaba los restos de sangre mientras mi lucidez iba y venía. Si no hubiera sido por lo que pasó después de que la criada se marchara, por orden de Irene, te diría que fue un sueño. Se sentó en el suelo con sus ojos fijos en los míos, y durante no sé cuánto tiempo, traté de ver pena en ellos. Pero no era aquello lo que veía en sus pupilas, no sabría decirte qué vi, juraría que era confusión. Sé que hablé, pero el estado en el que me encontraba me impidió recordar que dije. También sé que ella no dijo nada, de eso estoy. Cuando desperté no sentía dolor. El calor en mi espalda había desaparecido y me bastó incorporarme para saber que las heridas se habían cerrado. Palpé la piel de mi espalda sin poder creer que las cicatrices eran lo único que quedaba. Pensé que habían pasado semanas y que había estado inconsciente todo ese tiempo, pero me resultaba imposible creerlo. Me levanté y me vestí, comprobando que las ropas que había en mi silla eran las mismas que llevara mientras era castigado. Todavía estaban manchadas de sangre. Justo antes de salir de la habitación vi algo, un frasco de cristal irisado junto al colchón. Lo sostuve un instante. Sólo quedaban unas gotas dentro. Lo vertí sobre la palma de mi mano y comprobé que era agua de mar.

No sé por qué, pero en ese instante supe lo que había pasado. Ella me había curado con el agua de mar. Había oído muchas cosas sobre Irene. Decían que era una bruja, y ahora yo también lo creía.

Ya lo sé, lo sé. Tú quieres saber por qué todos creen que ella es la culpable de los naufragios. Nunca le había contado a nadie lo que te acabo de contar a ti. Ahora sé que lo hice por protegerla. No quería que nadie le hiciera daño. Me curó por algo. Nunca sabremos por qué. Pero me curó. Y creo que fue lo único bueno que hizo en su vida, bueno, tal vez hizo algo más. Todo el mundo creía que era una bruja, yo estaba seguro. Creen que ella es quien provoca los naufragios, que era una bruja del mar que tras su muerte no debería haberle sido devuelta.

Ha habido tres grandes naufragios desde su muerte. Y si realmente fue ella la culpable, debes darle gracias, muchacho, porque fue en el primero en el que conocí a tu abuela. Era un barco cargado de mercancías que venía del norte. No traía pasajeros. Tu abuela era la hija del capitán del navío y la única superviviente del accidente. A veces creo que fue ella, Irene, la que la salvó. La sacó de la aguas con vida para mí. Para que fuera feliz. Sí, ya lo sé, es absurdo, pero qué quieres que te diga, a mí me gusta creer que había algo de calor en aquel frío corazón.

Pero bueno, lo que te decía. Hubo tres naufragios dignos de mención. El primero fue un año después de su muerte. El segundo ocurrió hará unos cuarenta años. Tu madre era una jovencita que comenzaba a destacar por su belleza y traía locos a todos los jóvenes del pueblo. A mí me traía de cabeza aquello, como puedes imaginar. Tenía que estar todo el día quitándole moscones de encima. No te rías, muchacho, algún día tendrás hijos y verás lo terrible que es pensar que los lleven por el mal camino. Pero en fin, a lo que iba. El segundo naufragio fue tan terrible o más que el primero. Sí, ya, en el primero sólo hubo una superviviente. En este sobrevivieron cinco personas. Una de ellas, tu padre. Ya ves si tienes o no que darle las gracias al responsable de los naufragios. Era un barco pesquero y tu padre acababa de alistarse como marinero. Era la primera vez que salía a faenar y, tras llenar la bodega hasta reventar, una tormenta los sorprendió a escasas leguas del puerto. Fue extraño, la verdad. El cielo estaba azul radiante, hasta que el barco fue visible en el horizonte. El jefe del puerto fue testigo de su llegada y de cómo las nubes se apelotonaron sobre la bahía y persiguieron el navío hasta el puerto. Hubo viento, truenos y centellas. Las gentes se apresuraron a resguardarse en sus casas. El vigía del puerto dio el aviso del naufragio instantes después. Nadie pensó que pudiera haber supervivientes. Pero los hubo. Pero ya conoces bien esa historia. Queda el tercer naufragio, lo sé, lo sé. Soy viejo, no estúpido.

El tercer naufragio ocurrió el mismo año en que naciste. Fue terrible, pero eso ya lo sabes. Pudiste quedar huérfano entonces, pero el naufragio dejó viva a casi toda la tripulación y pasaje del barco. Sólo murieron unos cuantos marineros que quedaron atrapados en la sala de máquinas. Tu padre y tu madre iban a bordo, sobrevivieron. Aunque no tuvieron la misma suerte ante la terrible peste, que nos asoló, cuando apenas eras un mocoso meón.

Pero bueno, no es momento de pensar en cosas tristes. Hoy emprendes una nueva vida. Te irás en ese fabuloso barco a descubrir tierras desconocidas. ¿Llevas la libreta, no? Me costó una fortuna y espero que te sirva para apuntar todo lo que descubras. Cuando vuelvas tendrás que narrarme tus viajes. ¿Que por qué creen que ella es la culpable de los naufragios? Bueno, creo que basta con que la creían bruja en vida. Es cierto que naufragios ha habido siempre. Pero también es cierto que los más terribles acontecieron tras su muerte. ¿Que qué creo yo? Bueno, es difícil decirlo. Creo que era una bruja, sí. ¿Una bruja marina? Pues no sé. Nunca he entendido qué diferencia puede existir entre una u otra. ¿Es ella la culpable de los naufragios? Déjame que te sea sincero, muchacho. Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida después de tu madre y tu abuela. Y todo me llegó del mar. Y sí, de alguna forma creo que fue ella la culpable. Y nadie me quita de la cabeza que lo hizo por mí. Dejó morir a toda esa gente en las aguas del mar para darme algo que me hiciera feliz. Y aunque es muy triste alegrarse de tanta desgracia, muchacho, sólo puedo darle gracias por ello.

Y ya lo sabes, chaval. El mar es cruel y egoísta, pero quedo tranquilo, aquí, hasta tu vuelta, porque al igual que sé que fue ella la que causó los naufragios, sé que no será tu tumba el mar. Ella no tenía motivos para regalarme nada y no los tiene tampoco para quitármelo. Creo que ella sentía algo por mí, y también creo que nunca se me acercó por eso, porque me quería y sabía que a su lado sólo sería infeliz.

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