El Gran Gradi Leshni

Todos lo admiraban, todos aplaudían, todos miraban embobados el escenario, cuando él abría la cortina. No había nada más en ese instante. Los focos se juntaban en un mismo punto: la cortina amarilla; un enorme círculo, perlado de estrellas y fondo azul. Todo el público contenía la respiración cuando se movían. Y entonces, él hacía aquello que todos querían ver; se acercaba, despacio, a la rendija que le dejaba ver la pista y asomaba su nariz. Roja, pero no rojo guinda, ni rojo fuego, era rojo sangre, se preocupó personalmente de que así fuera. Era el rojo más puro que existía. Brillante, intenso, cálido, inconfundible, perfecto. Pero, a diferencia del de la sangre, este rojo no se oxidaba nunca, jamás perdía su brillo ni su luz. La sangre terminaba marrón, apagada, horrenda.

El público enmudeció cuando, la esfericidad roja, que anunciaba al Gran Gradi Leshni, separó las cortinas. Algunos murmuraron cuando se esfumó y en su lugar apareció el cañón de una pistola. El cañón separó las telas y abandonó la oscuridad, hasta que hubo casi medio metro metal en la pista, sin rastro de arma alguna ni payaso; aquello era nuevo y el público guardó silencio. La cortina se removió y el cañón realizó el viaje inverso, desapareciendo. El Gran Lesnhi asomó su cara, redonda y blanca, y todos gritaron al verlo, él pidió silencio y ellos obedecieron.

Él tenía el poder.

Les guiñó un ojo y desapareció tras las cortinas. Un segundo payaso apareció en la pista y el público murmuró.

-Siento informarles, señores y señoras, niños y niñas, que Leshni no nos acompañará esta noche –una tromba de murmullos inundó la pista–. Les pido que sean benévolos con mi persona, yo seré el encargado de sustituirlo.

El público gritó, furioso, habían pagado y guardado horas de colas interminables para ver al Gran Gradi Leshni. Pero entonces, las cortinas detrás del sustituto se agitaron, y la nariz inconfundible del Gran Leshni abandonó la oscuridad, permitiendo ver su rostro, llevándose un dedo a los labios. Todos hicieron lo que les pedía y guardaron silencio. Entonces, el cañón de la pistola abandonó su escondite y apuntó directamente al payaso sustituto, que saltaba y hacía malabarismos, sin saber lo que sucedía tras él. El cañón lo seguía con precisión, sin dejar de apuntarle.

El Gran Gradi Leshni sudaba más de lo normal.

Aquella misma mañana lo expulsaron del circo por salir a trabajar borracho. ¿Como si hubiese sido la primera vez? Se dijo. ¿Cómo pretendían que soportara al público sediento de absurdez, que acudía cada día a la pista? Él era un artista y le pedían que se dejara caer los pantalones y mostrara su trasero. Y lo peor de todo, incluir en su número un saco de pedorretas, que representaba lo que más odiaba de los nuevos payasos. Su oficio se moría, se pudría como lo hacía todo en esta sociedad, llena de basura e inmediatez.

Y él no se quedaría de manos cruzadas. El payaso era un ser trágico y eso les daría esa noche, tragedia, que reflexionaran con la almohada y supieran lo que le hacían al mundo.

Apuntó con su pistola a su compañero. Ellos veían lo que querían y siempre pensaron que actuaba con un arma de pega; pero él no era un payaso de pega, todo lo que hacía y usaba, era de verdad, no era sólo un disfraz de colores del que burlarse.

Aquella pistola la compró tras su primera actuación, le costó todo lo que tenía ahorrado y lo poco que le pagaron; desde entonces la utilizó en cada espectáculo. Hasta hacía un año, ni eso le habían dejado. Demasiado violenta. Usa una de pega, de las que disparan agua y son enormes y grotescas. Deshazte de esa cosa, le pidió su director.

Pero no lo hizo. Y ahora les haría ver lo que era demasiado real y demasiado violento. Apuntó la pistola y amartilló el percutor. El público lo vio y aguardó expectante. Veían el espectáculo y disfrutaban, sin saberse testigos de lo que se adivinaba un crimen real. El resto del circo, no podía detenerlo.

Al Gran Gradi no le extrañó que no hubiera nadie que repara en su presencia. Los únicos que se molestaba en ver las funciones de los payasos, eran los espectadores, el resto del circo, aprovechaba para fumar a escondidas, fuera de la carpa. Su cañón apuntaba al payaso, sin que éste lo supiera y el gran Leshni dudó.

¿De verdad quería hacerlo así?

Aquél muchacho, vestido de payaso, que sobre la pista, era su pupilo. Él le enseñó todo lo que sabía, era lo más parecido a un hijo que dejaría en este mundo. Bajó su arma, ante la decepción del público. Pero entonces, el payaso al que bañaban los focos, sacó algo de su bolsillo. El Gran Gradi Leshni lo miró, enfurecido.

Era una bolsa de pedorretas.

Jamás comprendió el porqué de aquél infernal objeto. ¿Qué gracia tenía? Y su pupilo lo sacaba en su primera función.

Pero no, él no lo permitiría.

Levantó la pistola y apuntó. El payaso en el escenario, soplaba y la bolsa se infló. Un disparó acalló al público. Todo quedó en silencio, hasta que el payaso soltó la bolsa de pedorretas y se desplomó sobre ella, arrancándole su peculiar sonido. El público aplaudió enloquecido. Nadie se percató de la mancha roja bajo el cuerpo. El Gran Gradi Lesnhi miraba esa sangre brotar, con lástima, el rojo era perfecto, como el de su nariz, pero no duraría. Varios hombres se abalanzaron sobre ély lo desarmaron un segundo después de que alguien gritara que la sangre era real.

El payaso miró a sus compañeros y bajó la vista al cuerpo de su pupilo, sobre el charco de su propia sangre. Estaba triste, tres segundos antes, ese rojo alcanzó la perfección y ahora se apagaba y tornaría marrón… y mientras lo sacaban de allí, le quedó el consuelo de que su nariz siempre sería roja y brillante.

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