Morte Sporco

por Lola Alarcia

—“Ya debería estar aquí”—pensó justo antes de escuchar el grito. Se giró hacia el establo y, su melena, negra como la obsidiana, brilló bajo la luz de la Luna como una gema recién pulida. Se le erizó el vello y se le heló la sangre. Su espalda, rígida, incapaz de moverse. El aire soplaba desde el establo, trayendo el olor a cerdo hasta ella. Y fue la peste que la envolvió la que le hizo olvidar el miedo, era un olor desagradable, pero familiar.

Aunque el grito había sonado humano—al menos al principio—la última parte sonó a bestia. El hozar de los cerdos, también familiar, despejó cualquier temor que hubiera anidado en su cabeza. Su diminuto cuerpo recuperó la elasticidad y una risa nerviosa se apoderó de su boca.

Miró la Luna y se recreó en ella, tapándola con el dedo pulgar para destaparla un instante después, como siempre hacía cuando se veían en noches como esa.

Aunque nunca en noches como esa, aquellas noches él no estaba libre para ella. La última luna llena coincidió con el cumpleaños de Alexandros y no pudieron verse por más que ella insistió y suplicó. Incluso tuvo que esperar para darle el colgante que le había comprado: un pequeño camafeo de plata con su fotografía. Cuando al día siguiente se lo entregó, amoscada, él intentó contentarla, prometiendo que jamás se lo quitaría.

Alexandros. “Ya debería estar aquí”, se repitió.

Obviando el hedor que le llegaba de la pocilga, decidió sentarse en aquella roca en la que siempre quedaban, y disfrutar de la noche. La piedra estaba totalmente cubierta de musgo, lo que la convertía en un excelente asiento. No sería hasta que se terminaran las lluvias y comenzara el verano que el manto verde desaparecería dejando la roca totalmente pelada. Allí nunca había nadie que los molestara, la cercanía de las porquerizas lo hacía un sitio desagradable. Pero ellos sabían que por las noches el viento solía soplar en dirección contraria, alejando el hedor de ellos. Aunque esa noche, ocurría lo contrario.

Caterina había recibido una noticia maravillosa. Su hermana mayor se casaba y serían libres para comprometerse. Había enviado una nota a Alexandros y en ella le pidió que acudiera a la cita esa noche.

Allí sentada, sola en mitad de la noche, Caterina pensó si él abría recibido su nota. Estaba en un lugar apartado de todo y cualquier criatura, hombre o animal, podía esconderse entre los árboles o los matorrales. Deslizó su delicada mano sobre las finas vellosidades del musgo y se tumbó sobre la piedra pensando, en lo que haría al día siguiente. Pronto sería su cumpleaños y ya era hora de que Alexandros pidiera su mano. Su hermana debía casarse antes que ella y, eso, era algo que sucedería pronto.

El viento removió las faldas de Caterina, que se incorporó, sobresaltada, al escuchar otro grito que venía de la porqueriza, esta vez, enmascarado entre berridos de los cerdos. Caterina creyó reconocer la voz de Alexandros en aquel aullido desgarrador.

¿Estaba en peligro? No podía esperar a escuchar mejor. Y no podía pedir ayuda a nadie. Estaba lejos de todo.

Se acercó, cautelosa, sujetando con ambas manos la falda de su vestido, procurando que no se manchara, pero algo la detuvo. Apenas fue un instante, pero creyó ver una figura caminando sobre el lodo en el que se revolcaban los cerdos durante el día. Parecía humana, aunque era…era demasiado grande. Los gruñidos de los cerdos aumentaron y un nuevo grito desgarrador le atravesó el alma. No había duda, resultaba inconfundible para ella que lo amaba, para ella, que tantas veces había escuchado sus susurros y sus risas en su oído… aquella voz no era otra que la de su Alexandros.

Y estaba en peligro.     

Decidida, olvidando que no era valiente y sintiendo que sus pies se movían solos, se encaminó hacia el establo. Se acercó tan rápido como sus delicadas piernas le permitieron. Su vestido provocaba un delicado susurro que el viento removía a cada paso. La luz de la Luna lo cubría todo, permitiendo que lo viera todo en un tono plateado que se asemejaba al color de una horrible pesadilla.

Aterida, muerta de frío, su corazón latía desbocado, aunque sintiera la sangre paralizada en sus venas. Le costaba respirar, moverse le provocaba náuseas y el olor del lodo se hacía insoportable a cada paso. Dentro del establo, los gruñidos de bestias y los golpes no cesaban. Cuando le quedaban unos pasos para tocar la puerta de madera, el silencio se apoderó de la noche.

Caterina pensó si debía entrar. Al fin y al cabo, qué podía hacer ella. Si Alexandros estaba allí, por qué no pedía ayuda. Había reconocido su voz, sin duda, pero lo único que había escuchado eran los gruñidos y los gritos de terror de los cerdos. En el silencio, los latidos de su corazón, que le retumbaban en los tímpanos, eran golpes de tambor que debían escucharse a leguas de allí.

Estiró su mano, blanca y delicada, tocó la puerta y dudó. ¿Debía entrar? ¿Debía partir en busca de ayuda? No sabía qué hacer. Por un lado, estaba el miedo a no salvar a Alexandros de algo horrible, por otro, estaba el miedo a sufrir la misma suerte que su amado.

¿De verdad dudaba? ¿Tan débil era su amor que no estaba dispuesta a arriesgar su vida?

Empujó la puerta del establo, que se abrió con un crujido. dentro reinaba la oscuridad y el silencio no era total, se escuchaba algo que Caterina no lograba identificar. Miró dentro, atisbando un bulto negro que se movía, sus ojos no estaban acostumbrados a la oscuridad y no estaba segura.

Un cerdo gruñó y ella pegó un respingo. Se asustó tanto, que cuando se dio cuenta de lo que había escuchado soltó una carcajada que no pudo reprimir. El ruido de los animales le resultaba familiar y la calmó un poco.

Cerró los párpados, apretándolos con fuerza, y entró sin abrirlos. Aquel truco lo había aprendido de Alexandros, los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad, y si los cerraba con fuerza, tardaría menos en poder ver en la penumbra. Todavía no había separado los párpados cuando escuchó un ruido que no venía de los cerdos. No estaba segura de lo que había sido y no quería saberlo, pero no dejaba de pensar, que eran unas garras rascando la madera.

Entonces los puercos gritaron y el caos estalló en el establo. Los cerdos se golpearon unos con otros, algunos cayeron al suelo y fueron pisoteados por el resto. Caterina vio que algunos corrían hacia la luz de la luna, salían de la protección del establo, mientras que el resto, permanecían pegados a las maderas que les impedían subir al suelo del granero.

Y fue cuando Caterina lo vio. Vio qué era de lo que huían los cerdos y qué era lo que paralizó a los que se agolparon a la sombra del establo. Paralizada, no quería que aquello la viera, su corazón acelerado, le obligaba a respirar con rapidez y el olor era tan desagradable que le provocó una arcada. Tosió cuando lo poco que había cenado le subió por la garganta, quemándola a su paso. Logró no vomitar, pero no evitó toser.

El establo recobró el silencio. Ni ella, ni los cerdos, parecían atreverse a mover un músculo. Pero aquello que se interponía entre los cerdos y el exterior sí que lo hizo. Giró la cabeza y dos ojos ardientes se fijaron en ella.

Algo se desplomó a su espalda. Caterina se volvió, asustada, enfrentando lo que fuera que le atacaba, pero  no era nada más que un fardo que había movido al abrir la puerta. Al ver que seguía abierta, pensó en correr hacia ella y escapar, incluso volar si era necesario, pero no se atrevió. Aquello que asustaba a los cerdos la había visto, ahora estaba segura y si huía, le daría alcance enseguida.

La criatura se movió, y Caterina pensó que no iría a por ella, que se conformaría con los cerdos. Se asemejaba a un hombre, y pensó si no sería Alexandros, que estaba herido por los cerdos y necesitaba su ayuda. Pero la criatura se estiró, hasta que alcanzó la altura de un oso, el oso más grande y temible que Caterina hubiera visto jamás. Y rugió. Con el mismo rugido que la alertara minutos antes.

Retrocedió, esperando alcanzar la puerta. Pero tropezó con los bajos de su vestido y se desplomó sobre el suelo de paja y lodo.

 Sus manos se cubrieron de una pátina oscura y apestosa que la hizo resbalar cuanto trató de ponerse en pie. Tras muchos esfuerzos logró alzarse sin apartar la mirada de la criatura. No veía su rostro, pero sí sus ojos, que brillaban como si de fuegos fatuos de un pantano se tratara, con un color cercano al oro. Estaba toda cubierta de barro y excrementos de los cerdos y el vestido se le pegaba al cuerpo, impidiendo que se moviera con libertad. Miró, desesperada, a su alrededor. Sus ojos se habían acomodado a la oscuridad y distinguió la escalera de mano que conducía al piso elevado del establo. Corrió hacia ella, con el pensamiento infantil de que, si llegaba allí, estaría a salvo.

La bestia gruñó sin moverse, como si no le importara la joven que había irrumpido en el establo. Ella subió sin esfuerzo, como si la gravedad hubiera dejado de afectarle y, cuando llegó a lo alto, se dejó caer de rodillas sobre la madera y pateó con todas sus fuerzas la escalera. Se asomó abajo. No veía el fondo, no veía a la bestia, no veía esos enormes colmillos que sabía tendría, ni los espumarajos que debían caer por sus comisuras, pero la oía. Escuchaba el ruido que sus miembros producían a cada paso y oía el jadeo entrecortado que emitía su garganta.

Estaba aterrada.

Cada paso del ser iba acompañado de un chapoteo. Ya no le importaba el olor, ni siquiera el que había impregnado sus ropas y su piel. Miró a su alrededor, nerviosa, buscando una salida o algo con que defenderse, pero estaba tan oscuro… Entonces lo vio, vio aquello que la luna le mostraba como una señal de que todo saldría bien. En el tejado había una ventana abierta que dejaba entrar una columna de luz plateada, y bajo aquel chorro de luz vio una horca oxidada. Se levantó para alcanzarla, pisándose los bajos del vestido, tropezó y cayó con un pesado golpe sobre las maderas húmedas y medio podridas. El crujido que escuchó ante su peso no presagiaba nada bueno, sólo le faltaba caer en brazos de la criatura. Podía escucharla caminar abajo, y el gorgoteo de un cerdo al que debía haber malherido.       

Iba a matarla si no hacía nada. ¿Y si había matado a Alexandros?

La idea era horrible, tan terrible como probable. Ella lo había escuchado gritar, pero allí no estaba. Él le abría gritado que se fuera. O le abría pedido ayuda. Pero no había señal de que estuviera vivo.

Sus ojos se humedecieron y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se arrepintió de haberle enviado la nota y de haber entrado en el establo. Se limpió el rostro con el dorso de la mano y se llenó la cara de excrementos y barro. El olor, nauseabundo, ya no le afectaba. Sus prioridades eran diferentes ahora.

Decidida a luchar, alcanzó la horca e instantáneamente se sintió más segura. Una sensación que duró poco; la bestia trepó, clavando sus afiladas garras en las paredes del establo. El sonido, atronador, reverberó en los oídos de Caterina y el miedo la paralizó. Ya no veía nada en la oscuridad. La luz de la luna había contraído sus pupilas y el monstruo se acercaba. Cada zarpazo le hacía temblar y era incapaz de controlar su propio cuerpo. El vello se le erizó en la nuca y en los brazos. Las lágrimas regresaron a sus ojos, los nervios no le dejaban pensar. En su mejilla, oscurecida por el purín, se crearon dos surcos blancos cuando las lágrimas limpiaron parte de la suciedad. No lograba dejar de temblar y la bestia se acercaba. Bajo el rayo de luna estaba expuesta, pero esa bestia veía mejor que ella en la oscuridad y no se atrevía a moverse. No habría podido aunque hubiera querido.

Empezó a cantar entre sollozos, intentando espantar un miedo que ya se había apoderado de ella. Eso siempre le había ayudado de niña, cuando en las oscuras noches de invierno, durante las tormentas, los árboles se agitaban arañando los cristales de su ventana y los rayos dibujaban sombras en las paredes de su habitación. Entonces ella cerraba los ojos, se cubría la cabeza con las mantas y cantaba. Cantaba canciones absurdas que hablaban de gente que siempre era feliz y de lugares en los que nunca dejaba de brillar el sol. Pero sabía que si gritaba, sus padres acudirían raudos a darle consuelo a su niña.

Pero allí no había nadie que acudiera en su socorro si gritaba. Allí sólo tenía la compañía de una terrible fiera que se acercaba. Era una muchacha enclenque, débil y enfermiza, y la bestia medía el doble que ella. No tenía nada que hacer.

Un crujido anunció que el monstruo estaba encima de ella, junto al tragaluz. Caterina miró hacia arriba y quedó cegada por la luna, pero vio la oscura silueta de la bestia, que se dejó caer sobre ella. Sin pensarlo, apoyó la horca en el suelo, con las puntas hacia arriba y se agachó. El monstruo gritó de dolor cuando los afilados dientes del tridente se clavaron en su carne. Caterina sintió el calor de la criatura y de la sangre que resbaló por el palo hasta sus manos.        

Las maderas podridas no soportaron el peso de ambos, y el suelo se abrió, dejándolos caer sobre el lodazal en el que habían convertido los cerdos el suelo del establo. Caterina reaccionó nada más tocar el suelo y se alejó de la bestia. El suelo era blando e irregular y le costaba mantener el equilibrio. A cada paso que daba resbalaba y caía hacia un lado u otro, huyendo a cámara lenta.

Los pies se le hundían a cada paso, hasta que perdió el equilibro y se desplomó. Sus manos tocaron algo pringoso que no era ni barro ni excremento. El olor era acre, como si el suelo del establo estuviera cubierto de algo más. Tocó una pezuña y vio que no estaba unida a ningún animal. Miró alrededor y contempló una escena horrible. El suelo estaba lleno de animales destripados. El olor del barro y de los excrementos se mezclaba con la sangre creando una mezcla que casi le hizo vomitar.

Arrastrándose, alcanzó una de las puertas que permitían a los cerdos entrar y salir. Y miró hacia atrás, siendo consciente de que ya no la seguía nada. Tal vez la bestia había resultado muerta. La horca estaba muy afiliada y se le había clavado, tenía las manos cubiertas de su sangre. ¿Estaría a salvo?

La bestia rugió, en su grito se distinguía dolor e ira.

Caterina rompió a llorar de nuevo. Quería escapar de una muerte segura, pero sus pies clavados en el lodo se lo impedían. Luchaba con todas sus fuerzas, de su frente caían gotas de sudor, pero sólo se hundió más y más en el barro. La bestia se abalanzó sobre ella, desgarrando su vestido con el primer zarpazo y dibujando finas líneas rojas en piel. Caterina gritó de dolor y de espanto, quedando muda al ver, colgando del cuello del monstruo, el camafeo con su propio rostro juvenil y risueño mirándola, sonriendo y feliz.

Aquel mismo camafeo que Alexandros le juró que siempre llevaría consigo.

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