Una última confesión

Cuentos para Halloween
Cuentos y relatos de terror para leer en Halloween.

Al final he decidido escribir este episodio, trágico y terrible, que viví poco antes de mi retiro. Entregué mis memorias a un hermano hace un par de años, las comencé el día que crucé los muros de esta abadía en la que terminaré mis días. Pero obvié este suceso. No estoy seguro de si lo hice por mi propio miedo o por proteger a quienes quedan detrás de mí.

Durante toda mi vida como sacerdote, jamás he dudado de la existencia de Dios. Pero hubo un tiempo en el que dudé de la existencia del Otro.

Tal vez por eso encaminé mis pasos por la senda de la lucha contra el mal. Y, Dios lo sabe, han sido muchas luchas. Años evitando que pobres almas se perdieran. Pero aquella vez… aquella muchacha… había sido fuerte, pero lo que se adueñó de ella… me cuesta decirlo. Y no lo haré mientras no sea preciso.

Sólo diré, que aquel fue mi último exorcismo. Ya era demasiado viejo y no debí iniciarlo. Estaba débil y al mal hay que enfrentarse con todas tus fuerzas y con el alma limpia, porque en el momento que el Maligno conoce tus pecados y defectos, los utiliza contra ti.

Empiezo a dudar, sobre continuar con este escrito. ¿Qué aportará al mundo el leerlo? Diría que nada. Pero siento cercana la muerte y veo mis actos y mis errores inconfesados, como algo que me lastra.

Lo primero que diré es que lo hice por ella. Aquella muchacha inocente, que cargaba con aquella maldición. Podía ayudarla. Y lo intenté. Lo intenté con todo mi saber y mi experiencia.

Pero no fue suficiente.

Porque estaba viejo y aquello que se apoderó de ella era fuerte. Mucho más viejo que yo, pero poderoso. Y aquella niña no aguantó.

No quiero extenderme, así que expondré lo sucedido de la mejor forma que pueda sin desvelar su nombre, porque eso le da fuerzas al mal.

Llegué a la casa temprano y vi a la muchacha. Estaba muy afectada. Muy delgada y pálida. Llevaba tiempo así. Y estaba muy débil. Otro sacerdote lo intentó durante meses. Lo que la fue debilitando. Pero aquello a lo que se enfrentaba era mucho más fuerte que aquel sacerdote y no hubo avances.

Fue entonces cuando el señor Blackthorne me buscó. Yo había sido maestro suyo cuando no era más que un niño. Conocía a su familia y siempre tuve buena relación con él. Sabía que yo había dedicado mis últimos años como sacerdote a luchar contra este mal. Y me mandó llamar. Y yo accedí. Ahora sé que fue un error. Tal vez esa muchacha hubiera muerto igual de haber acudido otro.

No me extenderé en más detalles.

Comencé el antiguo ritual. Como tantas veces lo había hecho. Y todo transcurrió como esperaba. Hasta el tercer día, en el que nada salió bien.

La chica estaba muy, aún así, comenzó a comportarse como una bestia llena de vida y de fuerza. Nos gritaba, con el rostro contraído y las manos contorsionadas, como si fueran garras. Arañó la pared y arrancó el papel. Se quedó sin uñas. Se golpeó contra los muebles, las paredes y todo lo que  tenía a su alrededor.

De aquel ángel, de aquella muchacha dulce, nada quedaba. Delante tenía un despojo que el Otro utilizaba para atormentar las almas de quienes la amaban. Pero yo sabía lo que hacía y que el tiempo estaba a mi favor. No contaba con su poder. Y mi soberbia me condujo a la derrota y a la pérdida de aquel alma inocente.

Ocurrió de noche, casi de madrugada. La muchacha se tumbó y dejó de moverse. Yo continué con las plegarias y rezos que marcaba el ritual. Y el Otro empezó a gruñir. La boca de la muchacha se movía, como si hablara, pero no era ella. Era una voz que no pertenecía a este mundo y ya era terrible escucharla, pero lo peor era ver el cuerpo inmóvil de aquel ser inocente y esa voz salir de ella. Ninguno comprendimos lo que decía. Pero yo sabía que no era  nada bueno. Nunca, en toda mi vida como sacerdote exorcista, he presenciado semejante escena. He visto levitaciones, saltos imposibles, contorsiones que jugaban con la anatomía humana; he escuchado gritos, gruñidos, diez voces gritando a la vez desde una única garganta. Pero nunca he visto un cuerpo inerte, vivo, pero inmóvil, permitiendo que la voz de quien lo había tomado me hablara. Porque me hablaba a mí. Se burlaba de mí, entre frases incomprensibles. Se burlaba de mi vejez y de mi sorpresa ante lo que me enfrentaba.

Yo levanté mi voz por encima de ella y continué con el ritual. Y eso se burló con una carcajada que desapareció dejando un silencio absoluto. Entonces ocurrió lo más horrible de lo que han sido mis ojos testigo. La muchacha, abrió los ojos. Blancos como la cera de las velas que guardaban su cama. Empezó a temblar, despacio al principio y poco a poco fue aumentando la intensidad, hasta convulsionar. Parecía que iba a caer de la cama en cualquier momento, pedí a los familiares que me acompañaban que la sujetaran por piernas y brazos y eso hicieron.

La chica luchaba con todas sus fuerzas y gritaba con una voz inocente, como si le hicieran daño. La soltaron y empezó a reír como una loca, les ordené que no hicieran caso, que no era ella la que hablaba. Clavó sus ojos en los míos, obligándome a sostener aquella mirada llena de odio y maldad.

Pero aguanté.

Y la bestia que dominaba el cuerpo se enfureció. Paralizó a la muchacha, que quedó rígida en la cama. Y se levantó por completo del colchón. Todos la soltaron, aterrados. La señora Blackthorne se desmayó. Los cabellos, largos y oscuros, comenzaron a estirarse, se pusieron de punta, como lo hacía el vello de los brazos, solo que aquello era imposible, el cabello era muy largo y no era posible. Los ojos volvieron a tornarse blancos y todos los presentes quedaron horrorizados ante la visión.

Yo me sobrepuse, hice lo que debía, aunque ahora creo que no fue suficiente. Cogí la cruz de madera que llevaba en mi cuello desde que me ordené sacerdote y con ella, apreté el cuerpo para devolverlo a la cama. El Otro se enfureció. Pero mi Fe era intensa y no pudo contra ella. No estaba dispuesto a desprenderse de su pieza y pasó lo que tanto temía desde el principio. La bestia empezó a contorsionar el cuerpo para deshacerse de mí. Me arañó el cuello y hoy todavía sigue abierta. Nunca cicatrizó.

De la cruz empezó a salir humo.

Y lentamente fue quemándose mientras el cuerpo volvía sobre el colchón. Pero el cuerpo ya no era un cuerpo normal. Los brazos estaban torcidos hasta el punto de parecer que se habían dado la vuelta. La espalda se torció en una postura imposible y el cuello se volvió permitiéndome ver el rostro. Por un instante vi a la niña. La vi y supe que se marchaba. Y no vi dolor ni miedo en sus ojos. ¿Salvé su alma? No lo sé, pero siempre he querido creerlo.

La cruz se deshizo en cenizas entre mis manos y el cuerpo. Y la bestia gritó en el instante en que la chica espiró. Ese grito me acompaña desde entonces. Y todavía se acelera mi corazón al recordarlo.

Y así fue como fracasé en mi empeño por salvar a aquella chica inocente. Su mirada, antes de partir, fue tranquilizadora. Pero lo que supe después… ojalá nunca lo hubiera sabido. Porque aquella bestia me venció de muchas formas. Aquella fue la última vez que luché contra el Maligno. Y desde entonces estoy recluido en esta abadía, en la que mi cuerpo descansará hasta que la providencia lo desee.

Y si todavía se pregunta, quienquiera que lea estas líneas, por qué dudo aún si tuve éxito al tratar de salvar esa alma, sólo tiene que ver la placa que guardo en este estuche que acompaña mi manuscrito. Tal vez nadie comprenda mi miedo y mi culpa sin ver ambas cosas. Sólo decir que me la entregó un joven fotógrafo, el encargado de realizar un último retrato a aquella jovencita que murió en mis brazos. Él mismo quedó perturbado por su visión. Y yo habría terminado igual de no tener claro a lo que me enfrentaba.

Puede que me equivoque al permitir que el mundo vea con sus ojos, lo que los sacerdotes sabemos con el alma. El mal existe y está presente en nuestro mundo, aunque nadie quiere verlo. En esta placa se ve la imagen de la bestia, del ser que arrebató la vida inocente de la señorita Blackthorne. Aquella placa es la prueba de mi fracaso y de que existe un mal superior al hombre. Quien lo vea, lo entenderá.

Sólo me queda despedirme y rogar a quienes sean testigos de esta última confesión, sean benevolentes con mi persona. Sólo era un sacerdote viejo que quiso hacer un último bien.

Estas serán mis últimas palabras, de una forma u otra. La muerte ya no está lejos, soy tan viejo que lo sé. Y no volveré a tomar lápiz ni pluma con la que dejar una prueba más de mi existencia. Me voy a las manos del Dios al que consagré mi vida y ruego a los hombres que me perdonen por no haber vencido ese mal que escapó aquella noche y que, mientras lee estas letras, puede estar más cerca de lo que imagina. Tal vez, hasta se haya cruzado con él.

2 respuestas a «Una última confesión»

    1. Gracias Gisella. Espero que el resto de historias te guste también. Te adelanto que la siguiente está relacionada con Una última confesión.

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