El último retrato de la señorita Blackthorne

El último retrato de la señorita Blackthorne
El último retrato de la señorita Blackthorne Relatos de terror para Halloween.

William caminaba por el empedrado con dificultad. Sus zapatos resbalaban. Todo estaba cubierto por el verdín que la penumbra cultivaba en esa zona de la ciudad. Todo olía a leña quemada. Encendían fuegos en sus chimeneas, para espantar aquella humedad. Era la dueña del invierno junto al frío, los pobres no tenían apenas qué llevarse a la boca, pero ni frío y humedad les faltaba nunca.

William heredó el estudio de fotografía de su tío, un hombre hosco y enjuto que prefería pasar hambre cinco días a la semana antes que gastar un chelín de más. Algo que no hacía con su estudio. Se hizo con las mejores lentes que podía permitirse, trípodes hechos a medida y todos los adelantos que aparecían en el sector.

William entró muy joven como su aprendiz. Y al principio no le entusiasmó el trabajo. Le resultó aburrido. Para hacer un simple retrato había que esperar horas y horas. Y a eso se le añadía, soportar, el rostro de decepción de algunos clientes al ver que su cara lucía borrosa. William sabía que era culpa de los clientes, que no permanecían inmóviles el tiempo suficiente. Pero su tío nunca le permitió decirle nada a ninguno. «Los clientes son el tesoro más valioso de cualquier negocio, Will, nunca debes hacerles ver que la culpa es suya, porque no te pagarán por tu trabajo y no volverán jamás a confiar en tu negocio. Por no mencionar que perderás a toda su familia y amigos como futuros clientes». Pensar como su tío le costó algunos años, pero al final lo logró.

El viejo Elmer, el único fotógrafo en 100 kilómetros a la redonda, le tomó cierto cariño a su sobrino. Al fin y al cabo, entró en su estudio con nueve años, poco después de quedar huérfano. Se convirtió en la única familia para William y en cierta forma, en un padre para él. Nunca fue un hombre cariñoso, siempre fue distante, pero William sabía que en el fondo lo quería como a un hijo, aunque no supiera demostrarlo.

Pocos meses después del decimotercer cumpleaños de Will, Elmer lo llevó al laboratorio fotográfico de la trastienda. Hasta entonces tenía prohibida la entrada. Su trabajo era ordenar y limpiar la tienda y atender a los clientes.

Estaba oscuro, no había ventanas y el olor era intenso. Había productos químicos, placas y papeles amontonados por todas partes. El desorden era evidente y Will temió que empezaría a limpiar allí también. Pero no fue así.

Su tío se sentó en un taburete y cogió una maleta desgastada, con las esquinas despellejadas y el asa descolorida. Lo miró muy serio, y le pidió que se sentara a su lado. Will obedeció y guardó silencio.

–Will, ya es hora de que pases a trabajar como fotógrafo y dejes de ser un aprendiz.

Will era desconfiado, no creía que su situación mejorara por dejar esa fase atrás, pero su tío no le dejó mucho tiempo para elucubrar. Abrió la maleta. Olía a productos químicos y la bisagra chirrió. Dentro había decenas de placas, cientos de ellas, colocadas con cuidado, unas tras otras, separadas por papel. Parecían escenas familiares, retratos sencillos como tantos otros. Sólo que había algo distinto.

–Coge una, muchacho –lo invitó Elmer.

William, reticente, tomó una. La miró y levantó la vista hasta encontrarse con la mirada de su tío.

–¿Qué te parece? –le preguntó.

–¿Qué me parece? –dijo Will. –No sé, es una foto de dos niñas, como tantas otras.

–Te hacía más espabilado, chico. –Mírala bien.

–Son las hijas de Hebert Miles –dijo William. –Una de ellas murió el año pasado, de fiebres.

–Cierto.

–¿Y qué quiere que vea?

–¿No ves nada más en ella?

William la sostuvo frente a su mirada. El cristal se había calentado en sus manos y su nariz se había acostumbrado al olor. La miró con atención, intentando ver qué tenía de especial aquella foto y por qué su tío se empeñaba en que lo descubriera.

–No tiene nada de especial, no entiendo por qué me hace… –William vio algo que llamó su atención. Su tío sonrió.

–Dime, ¿qué has visto? –preguntó, ansioso.

–Nada, solo que Tris está borrosa y Diana no.

–Eres listo, muchacho, dime por qué –insistió su tío.

–Porque una se movió y la otra… –William enmudeció. Su rostro se tornó blanco y un zumbido empezó a atacarle los oídos. Dejó la fotografía donde estaba, por temor a dejarla caer y enmudeció.

–¿Lo sabes, verdad?

–Diana murió el año pasado, y esta foto es… ella estaba, está…

–Muerta, dilo, muchacho, muerta. –terminó su tío. –Sus padres querían un recuerdo de la última vez que estuvieron juntos. Y aquí está ese recuerdo.

Había pasado mucho tiempo. A William ya no le impresionaba la muerte. Seguía siendo difícil cuando se trataba de un niño, algo que  ocurría con frecuencia.

Ya estaba frente a la puerta, cuando sus tobillos lo traicionaron. Pisó un adoquín cubierto de verdín y resbaló. Se aferró con fuerza a la caja que contenía las lentes. Podía caerse cualquier cosa, pero aquello «nunca».

Las maderas del trípode resonaron sobre el empedrado y William se clavó las piedras en sus rodillas. No le preocupó tanto el dolor como su aspecto. El verdín manchaba sin perdón.

Una mano huesuda le ayudó a levantarse. La mano iba desnuda, pero el brazo vestía de negro, sin adornos, sólo tres botones brillantes, como el betún. William levantó la vista y se quedó impresionado al ver un sacerdote. Pese a trabajar con la muerte, se había cruzado con pocos.

–¿Está bien, joven? Va muy cargado y el suelo no perdona en estas fechas. Los zapatos de hoy ya no son como los de antes, ¿no le parece?

–Sí, gracias, padre –William se agachó y recogió lo que había perdido. El sacerdote se echó a un lado y William vio sus zapatos. Viejos, llenos de arrugas, el cuero estaba deteriorado, al contrario que su vestimenta. Aquellas suelas viejas se adherían mejor al verdín.

Echó la vista abajo y levantó la rodilla. Estaba llena de verdín, justo aquel día. Contrariado, echó a andar y entró por la puerta que abrió el sacerdote.

–Supongo que es usted el fotógrafo –dijo.

–Lo soy. Me han llamaron esta misma mañana, algo poco habitual, la verdad. La señorita Blackthorne falleció al alba, lo normal es esperar al menos un día.

–No estoy habituado a estas prácticas. De eso sabrá usted más que yo. Pero ¿podría decirme por qué? –el sacerdote era amable, pero tenía algo en él ponía nervioso a William.

–Bueno, verá, normalmente, los fallecidos… bueno, quiero decir, los enfermos cuya muerte está próxima, a veces, no mueren. Quiero decir, que en algunas ocasiones la muerte es aparente. Para esos enfermos no hay esperanza de recuperarse, a veces todo indica que se han ido, a todas luces y los médicos incluso así lo certifican.

–Quiere decir, que a veces, la gravedad de la enfermedad es tal, que parece que es Señor al fin reclamó su alma, pero que sólo es un proceso más de su enfermedad, ¿cierto? –dijo el sacerdote.

–Sí. Por eso dejan pasar algún día desde el fallecimiento.

–En ese caso, señor…

–Silver, William Silver, padre –se presentó Will.

–Déjeme decirle, señor Silver, que tristemente, la señorita Blackthorne ha fallecido, de eso estoy seguro.

William sintió un escalofrío. Las palabras del sacerdote escondían algo y temió preguntar. Hacía su trabajo con la única compañía de la familia, como mucho, a veces, contaba con la presencia de algún doctor. De un sacerdote, jamás.

–¿Es usted amigo de la familia? –preguntó.

–No de manera especial. Conozco al señor Blackthorne desde que era niño. Soy sacerdote y requirió de mis servicios. Vine de muy lejos, la verdad. Ha sido algo agotador –el sacerdote se santiguó y William se sintió incómodo. No era muy religioso.

–Disculpe, padre, no soy nadie para preguntar.

–No hijo, es usted un buen muchacho. La verdad es que debería saber algo antes de que vea el cuerpo.

William dejó sus bártulos sobre una mesa y soltó la caja que contenía las lentes con sumo cuidado. La habitación estaba oscura y el olor a cera lo impregnaba todo. Se acercó a una ventana y retiró las cortinas. La luz entró, aunque no cambió mucho el aspecto de la sala. A lo lejos se intuía un murmullo inteligible y monótono. Se quitó el abrigo y se volvió hacia el sacerdote.

–No debe preocuparse, padre, pese a mi juventud, llevo haciendo esto desde que era un mocoso –le explicó William. El sacerdote lo miró muy serio. En ese momento, el fotógrafo vio bien su rostro. Tenía la cara pálida y sombras oscuras alrededor de los ojos. Parecía agotado. Llevaba el alzacuello puesto, pero movía la cabeza hacia un lado, como si le molestara. Se llevó una mano hasta el cuello y se vio lo que ocultaba. Un profundo arañazo.

–No dudo de su experiencia, señor Silver –le dijo el sacerdote. –Pero mucho me temo, que lo que va a ver, no es algo que alguien llegue a ver a lo largo de una vida.

William se le quedó mirando. El murmullo se intensificó y entonces, William supo que eran llantos y lamentos. Cuando él acudía a una casa, aquella fase había pasado. Muchas madres rompían a llorar de repente, pero a esas alturas lo normal era encontrarse con rostros inexpresivos que aceptaban lo sucedido como algo inevitable, la muerte.

Unos pasos se escucharon tras la puerta, que se abrió de par en par, las bisagras protestaron. Un hombre de aspecto bonachón entró en la sala con algo en sus manos. Eran ropas y quien las portaba era el señor Blackthorne.

–Padre, señor Silver –saludó. Ambos inclinaron la cabeza.

–Siento mucho su pérdida, señor –William sabía que lo primero que debía hacer era mostrar sus respetos a los familiares.

–Agradecido, señor Silver. Ha sido todo tan… tan… repentino –se lamentó el señor Blackthorne conteniendo las lágrimas.

–Resignación, Peter, hicimos lo que pudimos y ahora sabemos que está en paz –el sacerdote le contestó con cariño.

–Señor Silver, mi esposa iba a preparar a Diana para la fotografía, pero se ve incapaz y yo…

–Señor Blackthorne, mi tío me enseñó todo lo necesario para la sesión, esa parte también es mi trabajo, una doncella puede ayudarme –a William ya no le importaba la piel fría ni el olor, aunque a veces el olor era difícil de soportar.

–Ahora mismo sólo queremos terminar con esto… –dijo el hombre, abatido.

–Entonces deme eso y envíe a una doncella para que me ayude, señor –dijo Will, cogiendo las ropas.

El señor Blackthorne rompió a llorar. Abandonó la habitación y cerró de un portazo. William se quedó a solas con el sacerdote. Dejó las ropas sobre la mesa y abrió su bolsa, allí tenía todo lo que necesitaba. Cogió un par de botes de aceites y algunas esencias, que facilitaban la eliminación de la rigidez, si la había. Aquella joven no llevaba ni doce horas muerta, sería muy necesario.

–El señor Blackthorne, Peter, fue mi alumno hace muchos años. Fui maestro en tiempos en los que usted ni siquiera habría nacido aún –dijo el sacerdote. –Lo que ha sucedido… lo que le ha pasado a la pobre Diana, es algo difícil de superar.

–La muerte es así. Nos aparta de los seres queridos y nos arrebata la posibilidad de saber de ellos –contestó Will. – Pero al final todos lo aceptamos, con el tiempo. No los olvidamos, pero aprendemos a vivir sin ellos.

–Es usted un joven muy maduro, señor Silver. Pero, realmente, creo que deberíamos hablar antes de que vea el cuerpo de la joven Diana.

El tono que utilizó el sacerdote fue oscuro, tanto como la habitación en la que estaban. William se preguntó qué quería el sacerdote. ¿Pretendía asustarlo? Había visto suficientes cadáveres para siquiera pensar que podía asustarse.

–Dígame entonces, padre.

–La joven Diana no estaba enferma, no al menos de una enfermedad que un médico pudiera tratar –dijo el sacerdote. William pensó enseguida que había sido un suicidio, se habría colgado de una viga o saltado de lo alto de la casa. Pero el rostro del sacerdote y su presencia allí, le decían otra cosa. –Ella sufrió hace tiempo de un mal del alma que creímos solucionar, pero no fue así. No fue así –se lamentó el sacerdote. –Hace unos días, Peter envió a su cochero a buscarme. Y créame que cuando supe que me mandaba buscar, estando tan lejos, supe que aquello que creímos zanjado, no lo estuvo nunca. –el sacerdote se tapó el rostro con las manos. Miró a William y continuó. –Los últimos tres días, hemos luchado contra esa fuerza que se había apoderado de ella y… yo no logré… ella no aguantó la lucha.

–No comprendo padre –dijo Will. –¿Qué quiere decir? ¿Y por qué tengo que saberlo antes de ver el cuerpo? Yo sólo hago una fotografía, no hago preguntas ni me cuestiono nada. Simplemente preparo al difunto y hago mi trabajo lo mejor que puedo.

El sacerdote levantó la vista y clavó mirada en la de Will. Estaban rojos y hundidos en sus mejillas. Por un momento, ese rostro fue igual al de una clavera. Y aquello sí que le impresionó, porque a veces, los cuerpos que debía inmortalizar, llevaban tanto tiempo muertos, que la piel ya se había perdido la grasa y se adhería a lo único que quedaba tras la muerte, el hueso.

–Quien no comprende es usted, joven. La muchacha murió por culpa de esa fuerza que no logré vencer. Murió durante el ritual –dijo el sacerdote de una vez.

William guardó silencio. No comprendía. Y aunque no escuchó que la señorita Blackthorne estuviera enferma, sí que conocía rumores sobre su salud mental. Por eso el suicidio era lo más probable. Cuando acudieron a llamarlo, no hizo preguntas. Un fotógrafo ha de ser discreto, le enseñó su tío. Un fotógrafo de la muerte, se limita a dar lo que se le pide, vida eterna al difunto y silencio absoluto. Conocer el motivo de la muerte le resultó inquietante. No había dedicado tiempo a definir sus creencias. Aunque, en el fondo, en algo creía. Hacía tiempo que no se planteaba la existencia de Dios, pero, lo que nunca se había parado a pensar, era que la existencia de Dios acarreaba la creencia en otras cosas, cosas terribles, que no quería imaginar.

–Comprendo su silencio, joven. Pero debe saber que lo que va a encontrarse no es lo que espera. La joven Blackthorne sufrió tres terribles días de lucha y agonía y, tristemente, ni ella ni yo logramos resistir.

–¿Murió durante un exorcismo? –Se atrevió a preguntar.

–Sí. Y mucho me temo, que el deseo de los señores Blackthorne se verá afectado por eso. La muerte es horrible, pero la muerte tras esta lucha… es perturbadora e inquietante. ¿Quiere que lo acompañe? –se ofreció el sacerdote.

El sacerdote logró asustarlo. Conocía la muerte. Los cuerpos eran diferentes. No era lo mismo morir por enfermedad, que por accidente. Ni hacerlo tras una larga vida o con un par de primaveras. Aunque la muerte era sólo muerte, la manera de cambiar de vivo a difunto, marcaba a los vivos. Los muertos, al fin y al cabo, muertos estaban.

–No es necesario, padre, saber que cuento con su apoyo me reconforta –dijo Will.

–Estaré con la señora Blackthorne, rezaremos por el alma de la joven Diana, si cambia de opinión, hágame llamar, por favor.

El sacerdote se marchó de la sala, y William quedó solo. Preparó lo necesario y cuando terminó, esperó a que vinieran a buscarlo. Una doncella llegó y recogió las ropas que el señor Blackthorne dejó allí. Le indicó a Will que la siguiera por el pasillo de servicio.

La gruesa alfombra del suelo amortiguaba sus pasos y creaba una atmósfera extraña que agobió un poco a Will. Por segunda vez en su vida, temía abrir puerta que lo separaba del cuerpo. La primera vez fue con un anciano. Su tío pensó que era mejor iniciarlo en el mundo de la muerte con alguien que vivió una larga vida. La muerte es igual para todos, muchacho, pero es cierto que para los vivos es algo más que un hecho. El hombre que espera tras esa puerta ya no es hombre, es un cuerpo, pero se le debe el mismo respeto que a quien lo ha abandonado, ¿entiendes? Al muerto ya no le importa nada, pero sí a los vivos, que son quienes se quedan y quienes sufren. Para ellos ese cuerpo sigue siendo su padre, su abuelo o su hijo.

La doncella se detuvo frente a una puerta entreabierta, por la que se colaba olor a incienso y un llanto ahogado que apenas se escuchaba. Se giró hacía Will y le indicó que cruzara. La sala a la que salieron estaba tan oscura como la habitación de la que venían. Olía a incienso. Las ventanas, cubiertas por cortinas, y la chimenea apagada, reforzaban el ambiente de duelo que había en la casa. Un par de espejos, colgados a cada lado de la chimenea, permitían otra perspectiva de las mujeres que estaban en el sofá. Una de ellas tenía la mirada perdida, observando un punto concreto de la habitación sin ver nada. Sujetaba un pañuelo entre sus manos y lo retorcía sin descanso. Debía ser la madre. Frente a ella, había dos muchachas que Will no conocía, pero por su aspecto, debían pertenecer a la familia. Sentada junto a la señora, había una mujer algo más joven que ella, con el mismo rostro y los mismos cabellos, pero más delgada. Tenía una mano en su hombro y en la otra sostenía su propio pañuelo. Al otro lado, el sacerdote, rezaba el rosario.

Frente a la ventana tapada, varios hombres, entre ellos, el médico y al señor Blackthorne, charlaban. Miraron a la doncella y a Will, quien los saludó. Miró hacia las mujeres y ofreció su pésame. La señora Blackthorne apretó los labios y movió la cabeza, dando las gracias. Las muchachas rompieron a llorar. El sacerdote saludó con un gesto de la mano que sostenía el rosario.

La doncella le pidió que la siguiera y desaparecieron por otro pasillo. Estaba bien iluminado, pero el olor era penetrante. Alguien se había esforzado porque todo oliera a incienso.

Al llegar a la puerta del dormitorio de la difunta, la doncella se detuvo. Se santiguó y miró a William, quien vio el miedo en sus ojos. La mano sobre el pomo de la puerta que giraba despacio, aceleró su pulso. El recuerdo del temor sentido aquella primera vez que vio un cuerpo, regresó nítida. La hoja se deslizó en silencio y mostró el interior donde descansaba el cuerpo. Estaba a oscuras, a excepción de dos velas que guardaban la cama. Cuando William pisó la alfombra, sintió que la atmósfera era pesada. Como si hubiera mucha humedad y calor y no se hubiera ventilado en mucho tiempo. Las velas despedían un olor desagradable, las llamas chisporroteaban como si fueran a apagarse en cualquier momento, a pesar de tener más de un palmo de cera. Hacía frío, como si allí dentro el invierno fuera más crudo que el de fuera.

La doncella dejó la ropa en la cómoda. William no conocía el cuarto y caminaba despacio. Miró a la cama. Y lo que vio, fue terrible. Sobre el colchón había un cuerpo muy diferente de la muchacha que él había visto pasear por el parque. La habían dejado recostada, de lado, no lograron colocarla de otra forma. Su columna, curvada en una postura artificial, sus brazos doblados en ángulos imposibles. Las manos más parecían garras y los pies estaban torcidos hacia dentro. William alcanzó la cómoda y dejó sus cosas junto a la ropa. La criada evitaba mirar el cuerpo. Él mismo no quería hacerlo. Pero tendría que hacerlo. Porque no podía hacer su trabajo con un cuerpo en esas condiciones.

–¿Usted cree que puede hacer algo? –preguntó la joven, nerviosa. –Mi hermanito pequeño murió de fiebres el año pasado y usted lo preparó, parecía dormido, en paz. Pero ella… su rostro no está en paz.

–Nunca es fácil, pero mi tío conocía bien la forma de hacerlo y me la enseñó antes de irse –explicó William. Su voz era serena, pero no reflejaba cómo se sentía. –¿Puedo contar con su ayuda? Siempre es más fácil si cuento con alguien.

La doncella lo miró, triste, sabedora de que no tenía más remedio. Se volvió hacia la cómoda y le dio a Will una palangana de porcelana. La llenó de agua con una jarra y le hizo saber que contaba con ella.

Will dejó la palangana sobre la mesilla. La pared por encima de la cama estaba llena de rascones y el papel había desparecido en casi todo ese lado. Un olor extraño envolvía el lecho y el frío se intensificaba alrededor del cuerpo.

Ahora, junto al cadáver, lo vio con detalle. Tenía el rostro vuelto, tenía el cuello girado hacia el lado contrario al que ellos estaban. Había poca luz, pero Will vio que tenía las puntas de los dedos en carne viva y comprendió el porqué de los arañazos en la pared. La piel, casi violeta, estaba salpicada de hematomas, pero ninguna herida más que en los dedos.

–La señorita era buena –sollozó la doncella. –¿Por qué le ha pasado esto?

–No lo sé, créame que no lo sé. –Will se sentía perdido. Nunca había visto un cuerpo así y no estaba seguro de poder lograr el retrato que sus familiares esperaban. –Ayúdeme a estirar sus piernas –le pidió a la doncella, que lo miró aterrada, pero no dijo nada, se acercó y guardó silencio.

Will sujetó con fuerza el tobillo. Estuvo a punto de soltarlo. Un cuerpo estaba frío, mucho más frío de lo que ningún vivo puede imaginar. Y él lo sabía. Aquel cuerpo sobrepasaba todas las medidas. William pensó que se quemaría las manos, de tan helada que estaba. La doncella sujetó el cuerpo por la cintura, para que el fotógrafo tirara con fuerza.

La pierna se extendió y quedó floja, como la de una muñeca de trapo. El crujido sobresaltó a la doncella, que lanzó un grito que las paredes ahogaron. Resultó más sencillo de lo que imaginó. Continuaron con el resto del cuerpo, pero la columna era otra cosa. William, había apartado el miedo y hacía su trabajo de forma automática, rodeó la cama, para poder sujetar mejor la cabeza. Cuando se encontró con aquel rostro, se le cortó la respiración. Los ojos que habían perdido el brillo humano y la luz. Miraban a la nada, fijos en un punto que dejaba ver casi todo el globo ocular. La mandíbula, tensa, apretada, contorsionada en una horrible mueca de dolor que delataba el sufrimiento previo a la muerte. Los cabellos revueltos, negros como la obsidiana, enmarcaban aquel rostro, reforzando su aspecto aterrador.

–¿Siempre es así? ¿Mi hermanito también estaba tan rígido? –preguntó. Will asistió con la cabeza, sin hablar. Cuanto más jóvenes morían, mayor era la rigidez, pero desaparecía con la misma celeridad. Aquel cuerpo parecía de madera. –Era una buena muchacha –dijo la doncella. –Siempre fue buena conmigo.

Will giró el cuerpo de la joven Blackthorne, para acercarla al borde. Le pidió a la doncella que subiera a la cama para que agarrara el cuerpo mientras él giraba el cuello. Obedeció, temerosa. Sujetó a la que había sido su señora y esperó.

El fotógrafo separó los cabellos del cadáver, con delicadeza, para poder sostener con fuerza la cabeza. Cuando colocó sus manos en las mejillas, un frío intenso se apoderó de su ser y un escalofrío le subió por la columna. Justo cuando se disponía a girar la cabeza, un olor a podredumbre invadió el cuarto y las velas chisporrotearon provocando un ruido extraño. Will escuchó a la sirvienta que pedía que no se apagaran. Él siguió con su tarea y giró la cabeza con todas sus fuerzas. El crujido fue aterrador y los ojos de la difunta se movieron, miraba fijamente al hombre que sostenía su cabeza entre sus manos. Aquella mirada lo atravesó por completo y quiso apartarse. Tropezó con la alfombra y cayó hacia atrás. La doncella gritó y las velas se apagaron. Sumiendo la alcoba en una oscuridad absoluta.

Todo quedó en silencio, roto por la respiración agitada del fotógrafo y la doncella. Will trató de ponerse en pie, pero no podía. Nada lo sujetaba, pero no lograba moverse y su corazón latía desbocado. En sus oídos escuchaba cada latido de su corazón y su respiración se aceleró hasta el punto de sentirse mareado. La doncella sollozaba al otro lado de la cama y William, inmóvil, le gritó que encendiera las velas.

Escuchó que la chica bajaba de la cama y buscaba en la mesilla algo con lo que encender las velas. Desde el suelo, William escuchó que algo se deslizaba sobre la cama, rozando las telas, despacio y con dificultad. Dejó de respirar, como si así pudiera escuchar mejor. La criada rascó una cerilla que no prendió. Aquella chispa iluminó un segundo la cama. Y Will vio que el cuerpo de la señorita Blackthorne se movía.

Aquello era imposible.

Su corazón se detuvo en su pecho y se le cortó la respiración. El olor a podredumbre se intensificaba, reprimió una arcada. El frío, cada vez más penetrante y el sonido que venía de la cama, ensordecedor.

Algo golpeó el suelo. William sabía qué era y tenía que huir. La doncella volvió a sacar una chispa de otra cerilla y Will vio lo que tenía delante. Frente a él había un cuerpo, un cuerpo que ya no estaba inerte. Era imposible, pero allí estaba. Se arrastraba sobre la alfombra, despacio, pero constante.

La cerilla se pagó antes de que la doncella encendiera la mecha de la lámpara. Will, incapaz de levantarse, se arrastraba sobre la alfombra. El sonido de las cerillas al deslizarse sobre el papel de lija se escuchaba a lo lejos y alguna chispa permitía que el fotógrafo viera de lo que avanzaba hacia él. El cuerpo, desmadejado, no tenía forma de ponerse en pie y se arrastraba con brazos de trapo, piernas lacias y el cuello torcido, la cabeza colgando a un lado y los cabellos cubriendo su rostro.

Will sabía que aquello no era posible. Su miedo le jugaba una mala pasada. Él mismo había roto aquellas articulaciones. Aquella joven no podía moverse, porque nada muerto lo hacía.

El hedor era intenso, a podrido y a quemado. Cada bocanada más difícil de respirar. El ruido del cuerpo sobre la alfombra era ya atronador y Will se movía a cámara lenta. Lo que se acercaba era rápido, a pesar de no contar con un cuerpo sano. Cuando su espalda chocó con la pared, pensó que estaba acorralado. Era cuestión de tiempo. El siseo sobre la alfombra avanzaba, impasible, ni más rápido ni más lento, pero constante. Y cuando el olor a podrido era ya insoportable, una mano gélida y fuerte le atrapó el tobillo, Gritó con fuerza, sintiendo el frío sobre su piel. Y en ese momento, la sirvienta encendió la lámpara.

Will en el suelo, contra la pared más alejada de la cama, estaba pálido. La sirvienta lo miraba, con la respiración acelerada y la cerilla humeante aún en su mano. Sobre la cama, el cuerpo inerte de la señorita Blackthorne lo miraba. El cuello, que crujió al volver a una posición relajada, retomó la posición de la muerte.

–¿Se encuentra bien, señor Silver? –preguntó la sirvienta sin dejar de mirarlo.

Will se levantó y se acercó a la cama. El tobillo le dolía, tanto como su orgullo. ¿Había sucedido algo? ¿O había enloquecido momentáneamente? Le indicó a la sirvienta que todo estaba bien y prosiguieron con su trabajo.

Sacó un tarro de aceite y le explicó a la sirvienta cómo masajear la piel del rostro. Así recuperaría parte de la tersura que tenía en vida y borraría la expresión con la que murió.

Cuando terminaron, la vistieron con las ropas escogidas. Sólo quedaba mover el cadáver hasta el lugar dónde debía realizar el último retrato de la señorita Blackthorne.

Un par de mozos trajeron una camilla improvisada y transportaron el cuerpo hasta el invernadero, su lugar favorito. Con la ayuda de Will, la colocaron sentada en un gran sillón de mimbre que crujió al sostener el peso del cuerpo. La soltaron y la cabeza cayó hacia un lado, con la mirada en blanco fija al frente. Uno de los mozos, el menos pudoroso, trató de colocarla varias veces, pero caía de nuevo, inerte y testaruda.

Will rebuscó en su bolsa y sacó un par de alambres que entregó a los operarios. Aprovecharon los huecos del respaldo para pasar el alambre. Sujetaron el cuello como si fueran a dar garrote a un reo. Will se estremeció al pensar aquello. La doncella cubrió el alambre con la puntilla del cuello del vestido y la cabeza quedó derecha, con la mirada blanca, observando todos los movimientos de quienes tenía delante. Las faldas del vestido rodeaban el cuerpo como una flor.

Todos se marcharon. Will preparó su cámara para terminar cuanto antes. Ahora estaba solo con el cuerpo, pero en aquel invernadero, bajo la luz tenue del sol invernal, lo acontecido en la alcoba parecía lejano e imposible. Recordaba el tacto de aquella mano apretando su tobillo, no dejaba de repetirse que no había pasado nada.

Mientras montaba el trípode, no le dio la espalda al cuerpo, se sentía observado y aunque no había pupilas que pudieran fijarse en él, se sabía vigilado. Cuando terminó de prepararlo todo, se aseguró de que la luz era la correcta y de que la distancia y el enfoque fueran los adecuados.

Ya podía tomar el retrato, sólo quedaba una cosa, los ojos. Los globos oculares se mantenían en su lugar en vida, pero tras exhalar el último aliento, perdían fuerza y se volvían resbalosos y difíciles de controlar. Se acercó al cuerpo con una pequeña paleta que se asemejaba a una cuchara. Con mucho cuidado, tiró del párpado de la señorita Blackthorne e introdujo el instrumento, lo giró al tiempo que tocaba el globo ocular con sus dedos, colocándolo en la posición correcta. Realizó la misma operación con el otro ojo. Cuando terminó, se lavó las manos y preparó las cámaras que utilizaría.

La primera la tomaría con una placa que generaría un negativo de la imagen y necesitaba hacerlo con rapidez, era necesario conservar la humedad durante todo el proceso. Tomaría una segunda placa, esta sería un daguerrotipo, como su tío había hecho en cada trabajo de retrato post mortem. El daguerrotipo ya no traía cuenta, pero él seguiría la tradición para añadir una placa más a la colección que iniciara Elmer Silver.

La cámara para el daguerrotipo se preparaba deprisa y la dejó lista antes de ir al cuarto oscuro, que improvisó junto al invernadero, para impregnar la otra placa del líquido fotosensible y colocarla en su cámara. Cargado con la segunda cámara, se colocó en el lugar marcado. Enfocó las lentes y abrió el diafragma que permitía la entrada de luz sobre. No le llevó más de un minuto. Cerró el objetivo, selló la entrada de luz y apartó la cámara a un lado. Colocó la del daguerrotipo y abrió el objetivo, la luz haría su trabajo. Aquella toma tardaría más de quince minutos. Entró al cuarto oscuro para revelar la primera placa.

El olor de los productos químicos era asfixiante, pero nada comparado con el hedor que percibió en la alcoba. El recuerdo del pánico aceleró su pulso. Sabía que era absurdo dejarse influenciar así por la situación y el miedo. Había tomado decenas de retratos de ese tipo y nunca le había pasado nada. Recordó al sacerdote y pensó que se dejó influenciar por sus palabras. Ver el cuerpo contorsionado de la joven Blackthorne, le impresionó, y era lo que había provocado su terror.

En la placa se veía el negativo de la imagen. Miró el cronógrafo, quedaban varios minutos para que el daguerrotipo estuviera listo. Había preparado algunas láminas a la albúmina, secas para su uso. Fijó una a la placa recién revelada y salió al invernadero.

La luz era tenue, pero sería suficiente. Se acercó a una zona limpia, dónde no había sombras ni reflejos y dejó la placa colocada sobre el papel. El sol haría todo el trabajo.

Se acercó a la cámara, donde el daguerrotipo continuaba gestándose. Miró el cuerpo sentado en el sillón de mimbre. Parecía vivo, pese a haber tenido una muerte tan horrible. Will no podía dejar de mirar sus ojos, vacíos y acuosos. Se preguntó si no hubiera sido mejor pintarlos en los párpados, pero ya no le apetecía repetir el proceso. Quería marcharse de allí cuanto antes y terminar con ese trabajo.

El tictac del cronógrafo cesó en su bolsillo y cerró el objetivo de la cámara con cuidado. La desmontó del trípode y la introdujo en un estuche acolchado, más tarde, en su laboratorio, revelaría la placa. Guardó todas sus cosas y llamó a una criada. Ya podían llevarse el cuerpo.

–Voy a llevar mis herramientas al estudio. Nadie debe tocar la placa que he dejado junto al estanque. Todavía le queda un rato y me da tiempo a ir y volver.

La criada le indicó que no se preocupara y lo acompañó a la puerta. Will marchó al estudio, donde dejó los bártulos, a excepción de una bolsa, con los bártulos que necesitaría para fijar la imagen al papel que dejó en la casa.

A su vuelta, el invernadero estaba vacío, pero la silla de mimbre seguía en el mismo lugar. Will sintió un escalofrío al mirarla y pensar en aquellos ojos sin vida. Se acercó al estanque y recogió la placa. Separó el papel del cristal observando el resultado. Era perfecto. Sacó de su bolsa una pequeña cubeta y la llenó de líquido fijador. Sumergió el papel y después la enjuagó con un poco de agua destilada. Dejó que el papel se secara mirando el trabajo terminado. Había resultado una copia perfecta. Will se felicitó por la nitidez lograda. Aunque en esos trabajos, la nitidez no solía ser un problema.

Pasado un rato, con la copia y el negativo ya secos, los montó dentro del estuche en el que descansarían por siempre. La placa de cristal serviría para realizar las copias necesarias. Abandonó el invernadero y marchó a la sala dónde velarían el cuerpo de la señorita Blackthorne.

–¿Ya ha terminado, señor Silver? –preguntó el sacerdote.

–Sí, padre –contestó.

El señor Blackthorne se puso en pie y se acercó. Le pidió que lo acompañara al despacho y Will le siguió. Cuando llegaron, el padre de la difunta tomó asiento en su sillón. William le entregó el estuche. El hombre se quedó mirando la portada del pequeño recordatorio y pareció dudar si abrirlo o no.

–Mi Diana era una niña muy especial –dijo sin levantar la mirada. –Ya sé que era una dama, pero para mí nunca dejó de ser mi niña –continuó. –Ha sido horrible. Su partida ha sido lo más duro que he vivido. Y la forma en que se ha ido… –dijo mirando a Will a los ojos. –Usted la vio.

Will asintió con la cabeza. No quería recordar lo que creía haber vivido. Le escocía el tobillo, pero se repetía que era su imaginación.

–Nunca es fácil, señor, pero he visto muchas familias rotas por el dolor y sé que nunca dejan de sentirlo, pero que con el tiempo aprenden a vivir con ello.

–Es usted sincero y se lo agradezco –le dijo el señor Blackthorne. –He escuchado tantas veces que pronto pasará este dolor… este dolor no puede irse nunca.

–Pero podrá vivir con él –insistió el fotógrafo,

El señor Blackthorne suspiró, ahogando las ganas de llorar y abrió el librillo. La placa con el negativo quedó a la izquierda y el papel con la imagen vívida de la difunta a la derecha. Suspiró otra vez y una lágrima desbordó el lagrimal. Levantó el brazo y tocó el cristal que protegía el papel. Como si acariciara las alas de una mariposa.

–Mi Diana… –balbuceó. –Casi parece viva.

El fotógrafo aguardó a que el señor Blackthorne se recompusiera.

–Si desean alguna copia más, pueden realizarse con el negativo –dijo señalando la parte izquierda del estuche. –No lo toquen directamente y si es posible no lo saquen del estuche, se conservará mejor.

–Mi niña ya no está, pero esto permanecerá con nosotros por siempre –sollozó. Cerró los ojos y cerró el álbum. Se puso en pie y lo dejó sobre la mesa de roble que presidía el despacho. Rebuscó entre unos papeles y cogió un sobre que entregó al fotógrafo.

Will lo recogió. Abultaba más de lo que esperaba y el señor Blackthorne intuyó su sorpresa.

–He añadido una compensación por su trabajo. Todos vimos el estado del… de Diana y ha superado con creces las expectativas. Su tío era un gran hombre y un excelente profesional. Me alegro de que pudiera encontrar alguien a su altura para que su legado continuara.

–Gracias señor, pero no era necesario, sólo he realizado mi trabajo.

El señor Blackthorne despidió al fotógrafo, que marchó con su bolsa de trabajo al estudio. La hora del almuerzo había pasado, pero Will no tenía apetito. Ya lejos de la casa y sin tener nadie con quien hablar de lo que creía haber vivido, empezó a convencerse de que nada había pasado. La oscuridad convierte lo increíble en realidad con la misma facilidad que la luz lo borra.

Llegó al estudio y fue a revelar el daguerrotipo. Ya en la cubeta, vio algo que no estaba en el invernadero. En la primera copia no se veía nada, la exposición era corta y podía no captar cosas, que una exposición larga sí lo haría. Parecía humo, más sólido que el humo, tal vez. Rodeaba el cadáver. El tobillo empezó a dolerle. No podía dejar de mirar el cristal que tenía delante. Junto al rostro de la señorita Blackthorne había algo más.

Cogió una lupa y lo miró más de cerca. Había humo, estaba claro. Acercó la lupa al rostro sin vida y observó lo que había al lado. La lupa resbaló de su mano y se hizo añicos en el suelo. El tobillo le latía con insistencia y se le aceleró el pulso. Su respiración agitada lo devolvió al mundo de los vivos y dejó la placa sobre la funda en la que iba a guardarlo. Junto al rostro de la joven había otro rostro, un rostro deforme y maligno. De ojos brillantes, como los de un gato deslumbrado y sonrisa burlona, repleta de dientes afilados. Una garra huesuda se aferraba al cuello y la criatura sonreía, mirando a la cámara, fijando esas pupilas en el objetivo que lo estaba retratando. Desafiando al mundo que no podía verlo, para que fuera testigo de su presencia.

Will deseó no haber realizado esa copia. ¿Acaso era cierto lo que veía, o volvía a verse influenciado por el miedo pasado? Sólo era humo. Trató de buscar algo a lo que aferrarse, un clavo ardiendo al que agarrarse para no caer al mar de la locura que empezaba a agitar sus aguas. Se sentó en un taburete y se levantó la pernera del pantalón. Bajó el calcetín y contempló, con estupor, la marca de tres dedos, largos y estrechos sobre su piel. Parecía una quemadura, llena de pequeñas ampollas y color intenso.

Se quedó allí, sentado. Intentando convencerse de que había mil motivos para explicar esa marca, podía haberse herido al caer frente a la casa. Y los daguerrotipos retrataban cosas que el fotógrafo no deseaba, debido a la larga exposición.

Pero todo fue en vano. Se armó de valor y guardó la placa en una caja. La destruiría, pero no se atrevió. La guardó en el cajón y marchó a la taberna. No acostumbraba a beber, pero necesitaba estar rodeado de gente y olvidar. Algo que aquella marca en su tobillo no le permitió nunca.

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