Taigh Sionnach (La casa de las dedaleras)

La casa de las dedaleras
Taigh Sionnach, la casa de las dedaleras.

Eimear lucía una perfecta sonrisa que provocaba el mismo efecto a quien la miraba. A su lado, Rowan sujetaba su mano, temeroso de que si la soltaba, la perdería para siempre. Apenas habían pasado unas horas desde que se convirtieran en matrimonio. Pero se amaban desde hace mucho tiempo y aquel día era el primero del resto de su vida juntos.

El cochero azotó los caballos, que relincharon en clara protesta, pero apretaron el paso. El camino, lleno de curvas y recovecos, frenaba la marcha, retando, tanto a los caballos como al conductor.

Eimar miró a su esposo, levantó su mano, llevando consigo la de él y le besó el dorso sin poder dejar de sonreír. Rowan la consideraba la más bella de las féminas que había visto. Y, aunque era hermosa, ella sabía que no era nada fuera de lo común.

–Ya casi hemos llegado, señor –indicó el cochero con su habitual voz cavernosa.

A Eimear le ponía nerviosa escucharlo, aunque, hasta ahora, lo había disimulado. El bosque que cruzaban, que podía ver por la ventana de la calesa, le inspiraba casi tanto desagrado como aquella voz. Rowan le había hablado de su hogar en cientos de ocasiones, pero lo que veía ahora, poco se parecía a lo que él le había contado.

Rowan hablaba con pasión de su tierra. Los bosques eran frondosos, pero Eimear sólo veía maderas oscuras y retorcidas que apenas dejaban pasar los rayos de sol, dejando el suelo yermo, cubierto de hojas muertas y maderas podridas. El sonido de las ramas, mecidas por el viento, se le antojaba una melodía tediosa y tétrica, que más parecían gigantes estirando sus articulaciones que hermosos robles. La calesa realizó una curva cerrada, casi se detuvo, para evitar caer por el acantilado que había a su derecha. Eimear veía desde la ventana el paisaje. Pero sólo había niebla. Para Rowan, no había nada más hermoso que ver las nubes a  sus pies. A Eimear le producía una sensación de soledad que logró borrarle su perfecta sonrisa del rostro.

No tardaron mucho en alcanzar la cima de la colina sobre la que se levantaba Taigh Sionnach, el antiguo hogar de los Purpaidh. Rowan estaba orgullo de su ascendencia y relataba mil historias sobre aquel lugar, que su abuelo, a su vez, le narraba cuando era un niño. Eimear amaba esa tierra sin conocerla, llena de belleza e historias fantásticas. Lo que ahora tenía frente a ella, le heló el corazón.

Sobre la colina, levantada sobre las nubes, se recortaba a la perfección contra una gran mansión de varias plantas, destacando su color oscuro contra el cielo. Apenas había vegetación, a excepción de un pequeño jardín que había en el lado derecho de la casa. Al otro lado, había un cementerio donde descansaban los Purpaidh que ya no formaban parte del mundo de los vivos. Eimear tomó aire y sonrió. Qué importaba aquel lugar, cuando estaba al lado del hombre que amaba.

–La casa parece fría, pero ya verás que por dentro es muy acogedora –le indicó Rowan, lleno de vida e ilusión. Eimear asintió con la cabeza y lo abrazó. Aquel lugar sería su hogar y no le importaba nada más.

Rowan no mintió con respecto al interior de la casa. Era un gran caserón, reformado, con calefacción y chimeneas. Las paredes cubiertas por tapices con escenas de bosques y criaturas mágicas y los suelos de madera. Era una casa preciosa y acogedora. Eimear empezó a sentirse mejor en cuanto cruzó el umbral y vio un enorme tapiz, en la pared del fondo, donde las escaleras se separaban. En él había una mujer muy hermosa, de largos cabellos y ojos intensos que sostenía una varilla de dedaleras, la flor de la familia Purpaidh. En su mano izquierda lucía un enorme anillo de rubí, adornado con motivos celtas.

–Es la protectora de la familia, según las leyendas, era una bansheee –le contó Rowan. –Aunque mi abuelo decía que los Purpaigh empezamos con ella.

–¿Pero las banshees no son algo malo? –preguntó Eimear, nerviosa. Rowan rió y le dijo que aquello eran historias de viejas para asustar a los niños. Las banshees eran vistas desde fuera como seres malignos, pero allí no las veían así. Eran espíritus de mujeres que avisaban de una catástrofe a la familia, por eso se las consideraba malvadas, pero ayudaban al alma de los difuntos a encontrar el camino al otro lado y lloraban su pérdida como nadie.

Eimear no quedó muy convencida de la explicación y siempre que pasaba bajo la mirada de aquella mujer que presidía el vestíbulo, se sentía perseguida y observada. La casa le gustaba, pero pronto empezó a evitar bajar por aquella escalera y daba un rodeo para hacerlo por la zona del servicio.

El invierno llegó pronto y la casa se convirtió en el único lugar por el que podía pasear. No le gustaba lo que rodeaba la colina. El bosque era solitario y oscuro para pasear por él sola. Antes de que acabara el otoño, el jardín que había junto a la casa se convirtió en su lugar favorito. Estaba descuidado, había matojos por todas partes, sin orden. Había decenas de rosales, necesitados de una poda y arbustos que no supo identificar por el momento, debería llegar la primavera y con los primeros brotes descubriría su identidad. Lo que sí abundaban eran las dedaleras, salpicando con su color púrpura los alrededores de toda la casa. También abundaban en los bosques de melojos que formaban un bosque oscuro. Aquellas flores le daban algo de color a tanta oscuridad.

Cuando el invierno empezó a dar las primeras pistas de su marcha, Eimear estaba entusiasmada por lo que haría con el jardín. Aprovechó que Rowan partía a la ciudad por su trabajo, para encargarle herramientas de jardinería, maceteros, semillas, bulbos y un buen sustrato. Iba a estar casi un mes fuera y Eimear sabía que lo echaría mucho de menos. Por eso se dedicó en exclusiva a adecentar el jardín, aprovechando el letargo de muchas plantas.

Las tareas más duras, las dejó en manos de un mozo que mantenía la casa y hacía las reparaciones necesarias, ella misma se dedicó a podar y eliminar malas hierbas, preparando el terreno para lo que tenía planeado. El primer día que bajó al jardín, se vistió con ropas viejas, con algún agujero de polilla que la hacían inservible para alguien de su posición. No le costó entender, que la tarea que emprendía, no era para una señorita. Al menos no de una vestida como tal. Rebuscó entre las ropas de su esposo y encontró un par de pantalones de montar y una vieja camisa que amarilleaba. Se vistió con esas ropas y se ató los pantalones con un cinturón. Le quedaba todo grande, pero estaba cómoda y podía manejarse sin tener cuidado con lo que podía engancharse o ensuciarse.

Y así pasó una semana. Eimear logró que el jardín pareciera un jardín. El mozo arregló la pérgola que en otro tiempo estaba cubierta de enredaderas. Aquel clima era duro y temió que las glicinias que encargó a Rowan no llegaran a crear un pasillo con aquellas hermosas flores colgantes, como racimos de uvas de olor dulce y suave. Aquel jardín tardaría mucho en verse como ella imaginaba. Envejecería allí y tendría tiempo de verlo florecer.

Una tarde, durante el descanso para tomar un refrigerio, Eimear, sentada en un poyete de piedra oscura, vio algo a lo lejos, junto al bosque. Le pareció una tela que se movía con el viento, lo que fuera, se acercaba a la casa. Distinguió la figura de una mujer de largos cabellos. Algo en aquella mujer la asustó. Dejó su bocadillo sobre el trozo de mantel que había doblado junto a la comida y se puso en pie para tener una mejor visual de la colina que se elevaba desde el bosque.

Ya no había nada allí. Eimear creyó sólo era un trozo de tela que el viento arrastraba de un lugar a otro. Tal vez de una banderola que se había soltado y que había viajado hasta allí, mecida por el viento. Terminó de comer y prosiguió su trabajo. El jardín ya había cobrado forma y sólo faltaba que comenzara a sembrar en él lo que Rowan le traería.

El mes de ausencia de Rowan llegaba a su fin. Eimear había trabajado duro en el jardín y tenía las manos y los brazos llenos de arañazos. Todas las mañanas los lavaba con té, como su abuela le había enseñado y estaban curándose bien. La mañana anterior habían recibido un telegrama de Rowan anunciando su llegada y, para celebrarlo, Eimear le había encargado a la cocinera que prepara el plato favorito de su esposo: salchichas y puré de patatas.

El día amaneció gris y pesado. El invierno era duro, mucho más de lo que Eimear hubiera esperado. Se levantó temprano y se miró al espejo. Tenía un color tostado en el rostro, desconocido para ella. Había cogido algo de color, pese a ser invierno. Una señorita como ella, no pasaba mucho tiempo fuera, y no dejaba que el sol rozara su piel. Le sentaba bien, aunque sabía que su madre no opinaría lo mismo. Montaría en cólera si pudiera verla y habría sufrido un desmayo si la hubiera visto trabajar en el jardín, con ropas de hombre. Eimear sonrió al imaginarla.

Pensar en su madre le hizo ver algo que llevaba tiempo rumiando. Pronto haría un año de su boda con Rowan y todavía no se había quedado embarazada. Ambos deseaban una gran familia y Eimear pensaba que pronto vería correr al primero de los hijos que tendrían. El milagro se hacía esperar. Se preguntó si no habría algo que estuviera mal en ella o en Rowan y que era posible que los hijos nunca llegaran. Había matrimonios sin hijos.

Sacudió la cabeza, como si aquel gesto fuera a borrar para siempre aquel pensamiento. Bajó al salón y tomo un gran desayuno. Iba a salir a pasear por el bosque, las dedaleras habían florecido de golpe y todo el suelo estaba cubierto de púrpura. Había un gran contraste entre los melojos oscuros que se levantaban, casi sin ramas, hacia el cielo y la alfombra púrpura que cubría el suelo. Le pidió a una de las doncellas que la acompañara y, juntas, se adentraron en el bosque.

La criada la condujo hasta un claro en el que había un pequeño manantial que nacía bajo una enorme roca, abrazada por las raíces de un gigantesco árbol de color castaño y hojas oscuras y lanceoladas. Eimear pensó que era el lugar más hermoso que había visto desde que llegara allí. No recordaba que Rowan le hubiera hablado de aquel sitio. No sabía mucho de la flora del lugar, pero aquel árbol parecía un Tejo.

La criada le preguntó si quería saber la historia de aquel manantial y Eimear asintió, llena de ilusión, le encantaban las historias.

–Pasó hace mucho tiempo –empezó la joven. –Los Purpaidh ni siquiera eran dueños de este lugar. Dicen que el bosque de melojos no era tal, y que la niebla no cubría los alrededores de la cumbre como lo hace ahora.

Lejos de aquí, en la colina gemela a esta en la que se levanta la casa, vivía una bruja. Su casita era diminuta y tenía un huerto de plantas extrañas, con las que hacía sus pócimas. Dicen que si cogías una de esas flores, morías al instante, mientras que la bruja las arrancaba con sus manos desnudas sin sufrir el más mínimo daño. También dicen que las pociones sólo funcionaban si las cocía con agua de este manantial y que quien bebiera de él, sufriría horribles pesadillas y alucinaciones.

La gente la temía. Muchos se armaban de valor y acudían a ella en busca de pócimas y maleficios que usar contra sus enemigos o en su beneficio. Un día, un hombre acudió con una bolsa repleta de monedas de plata. Quería que le ofreciera una cura para sus tierras. Había pasado de poseer uno de los lugares más fértiles a ser dueño de un erial. Aquel hombre era quien levantó Taigh Sionnach, en gaélico, la casa de las dedaleras.

La bruja preparó un frasco con una pócima muy potente. Le indicó que debía acudir al manantial del tejo, llenar su cantimplora de esas aguas y verter una gota de la pócima. Con esas aguas, debía regar sus tierras, y repetirlo cada año, si deseaba que nunca perdieran fuerza.

–Pero sólo es una cantimplora –protestó el señor de la colina. –No habrá ni para un parterre.

–Has acudido a mí porque crees en mi magia, cretino –le dijo la bruja. –Haz lo que te digo y las tierras serán fértiles de por vida. Pon en duda mi poder y ya te arrepentirás.

El hombre dejó la bolsa de plata en el suelo, con desprecio, tomó el frasco que le preparara la bruja y marchó al manantial que le había indicado. Cuando llegó, anochecía, pero no quedaba lejos de su colina y decidió que llenaría la cantimplora y no regresaría a su casa hasta que hubiera hecho lo que le dijo la bruja.

Ya en el manantial, se agachó y se remojó el pelo y la nuca con las aguas. Estaba agotado y sucio del camino. Bebió un poco de agua antes de vaciar la cantimplora, para llenarla en las aguas de ese manantial. Cogió la poción y vertió una gota en su botella. El agua se tiñó de negro un segundo o eso le pareció ver, porque estaba oscuro. Partió hacia los campos que rodeaban la colina y fue salpicando aquí y allá con el agua de la cantimplora. Se sintió estúpido, porque sabía que apenas caían dos gotas aquí y otras dos allá. Pero aún así lo hizo. Cuando llegó a la casa, se aseó, cenó un poco y fue a dormir.

A la mañana siguiente, con el fresco del alba, vio que el camino que había seguido hasta allí estaba salpicado de hierba verde y fuerte. Y no sólo había crecido hierba en las gotas que derramó, era toda una mancha que se extendía desde sus huellas hasta mucho más allá. La bruja era poderosa, ahora estaba seguro. Pero aún no se fiaba demasiado, era cierto que había crecido hierba fuerte y sana, pero apenas era una macha, un camino verde que no serviría de mucho. Decidió esperan unos días, por prudencia, el verde podía extenderse.

Pasados cinco días, la hierba apenas había superado el camino que empezara a verdear tras verter el agua de la cantimplora. Y el señor de Taigh Sionnach no quería esperar más. Cogió un par de caballos y los cargó con varios odres. Ayudado por un mozo, acudió de nuevo a la fuente y llenó varios pellejos. El mozo y él terminaron exhaustos y antes de tomar el camino de vuelta se refrescaron en la fuente y bebieron para calmar su sed. Cuando llegaron a la casa, el mozo fue abriendo los odres, mientras que su señor vertía diez gotas en cada uno, calculando a ojo el volumen de la cantimplora. Entre varios hombres, fueron regando, como él hiciera, caminos perpendiculares. Pintaron una gran telaraña cuyo centro era la casa. Cuando terminaron, el señor de la colina esperó algunos días, paciente y fue viendo como se formaban caminos verdes que terminaron por juntarse. Desde lo alto de la colina ya sólo se atisbaba verde.

Y entonces, pensó que los alrededores de la casa siempre habían sido de roca y que ahora podía cambiar eso. Marchó, esta vez solo, porque no necesitaba ayuda, él podía manejar un caballo y llenar un par de odres en la fuente. Por el camino, se encontró con una anciana que cargaba una cesta llena de bollos recién horneados. La mujer, con un ojo blanco y el otro gris, le pidió ayuda, se había perdido y el señor de la colina le indicó el camino de vuelta al pueblo. La mujer le dio un bollo en agradecimiento y él lo recibió gustoso, tenía hambre y aún le quedaba un buen rato hasta llenar los odres y volver a casa.

Ya en la fuente, mientras llenaba el primer pellejo, dio buena cuenta del bollo. Cuando terminó de llenar ambos odres, comenzó a sufrir una sed inmensa. Se agachó y sumergió sus manos, colocadas como una concha hueca y bebió. Pero su sed no se saciaba, al contrario, casi parecía tener más y más con cada sorbo que daba. Sabía que aquellas aguas no debían beberse en exceso y, desesperado, decidió marcharse, tenía ganas de vomitar y apenas se tenía en pie. Cada paso que daba, se le removían las tripas, repletas de agua del manantial. Estaba oscuro, mucho más de lo que debería. Montó a caballo como pudo y se encaminó a la casa. Por el camino, empezó a sentirse mal. Cayó del caballo y vomitó en la verdura que el suelo había recobrado por el hechizo de la bruja.

Cuando se recompuso, reemprendió la marcha y al rato, se detuvo y vomitó otra vez. Y así hasta que logró llegar a la casa. Un mozo acudió a recoger la montura y otro a guardar los odres. El señor de la colina se recuperó milagrosamente, como si en ningún momento hubiera enfermado. Y al verse con fuerzas renovadas, pidió a varios mozos que le trajeran los odres que había rellenado. Vertió las últimas gotas que quedaban del elixir y les indicó que regaran los alrededores de la casa con esas aguas. Y así lo hicieron.

Al amanecer, el señor se asomó a la puerta y vio que los alrededores de la casa ya no eran de piedra oscura, estaban repletos de hierbas verdes y fuertes. Sonriendo, se asomó a las faldas de la colina, donde había vuelto la vida y se quedó petrificado al ver lo que sucedía a sus pies. Al igual que la hierba comenzara a crecer por el camino que él había seguido, ahora había un camino negro, de tierra vacía por allá donde él había acudido, vomitando a cada paso. Decidió esperar, tal vez no había relación entre una cosa y la otra. Pero cada día, la mancha negra se extendía más y más, hasta que sólo quedó verde en lo alto de la colina.

Furioso, hizo que dos mozos acudieran a por la bruja y la trajeran ante él. Cuando la tuvo delante, le pidió explicaciones. Y la bruja se limitó a recordarle que debía haber cumplido las instrucciones tal y como ella le indicó. El señor le ofreció dos nuevas bolsas de plata para que le diera una solución y ella se limitó a negar con la cabeza. Mi magia es la que es y no puede deshacer lo que se ha hecho. El señor entró en cólera y le ordenó que le diera una solución. La bruja no dijo más, sólo se limitó a recordarle su trato y que era él quien lo había incumplido.

–Te advertí que habría consecuencias si dudabas de mi magia. Y aún así, dudaste. Volviste al manantial y Regaste más y más tierras, cuando era suficiente con una cantimplora. Y por si no era suficiente la duda, repetiste una vez más. Y tuve que intervenir –dijo la anciana.

–¿Qué? –dijo el señor de la colina.

–Lo que ya sabes, tan estúpido que ni siquiera me reconoces, nadie duda de mi magia, cretino –le recordó la bruja.

El señor de la colina recordó su encuentro en el último viaje al manantial. La bruja tenía una cicatriz en el ojo, que lo mantenía casi cerrado, pero podía verse dentro un ojo completamente blanco, como el de la anciana que le ofreció el bollo.

–¡Qué me has hecho, vieja! –gritó furioso. –Me envenenaste con ese bollo.

–Te envenenaste solito, por beber de ese manantial del que no tenías que beber, mis pociones más potentes se hacen con esas aguas y tú mismo mezclaste el bollo con ellas.

–Has envenenado mis tierras y pagarás por ello. ¡Resuélvelo o te mato! –amenazó el señor de la colina.

–No hay magia que pueda con la mía y no será de mi mano que obtengas solución alguna.

El señor de la colina enfureció. Sacó un puñal y lo clavó en el estómago de la bruja, que no hizo nada por impedirlo. Sencillamente se desplomó y quedó tendida con la mirada hacia el cielo y un charco de sangre púrpura a su alrededor. El señor de la casa pareció enloquecer y los sirvientes lo vieron partir colina abajo y ya nunca supieron de él. La casa quedó vacía y así estuvo muchos años.

Pasó el tiempo y sobre las faldas de la colina empezaron a crecer melojos, por todas partes, impidiendo que cualquier otra planta naciera. Donde murió la bruja, empezaron a crecer dedaleras, que se fueron extendiendo hasta llegar a los melojos, colina abajo y fue lo único que logró crecer bajo la sombra de esos árboles oscuros.

El señor de la colina, desaparecido, fue dado por muerto y Taigh Sionnach pasó a manos de familiares lejanos que dejaron el lugar abandonado por mucho tiempo.

Eimear atenta, le encantaban las leyendas antiguas y las historias de seres mágicos. No creía en las brujas, aunque, en el fondo, tenía miedo de que existieran de verdad.

Esa noche, recibió a su esposo feliz. Ambos no se separaron en los días posteriores a su regreso. Pero Rowan partió de nuevo a arreglar unos papeles y Eimear volvió a sus tareas en el jardín.

Su esposo le había traído mucho más de lo que pidió. Tenía tantas semillas y bulbos, que no sabía qué haría con todo. Estaba sembrando unos tulipanes, cuando escuchó que alguien venía por el camino empedrado. Sus zapatos producían un desagradable chasquido, que le erizó el cabello en la nuca. Eimear se volvió y se encontró con una anciana vestida con ropas de un color gris, bastante deprimente.

–Hola, ¿puedo hacer algo por usted? –preguntó Eimear, pensando que sería una vecina, aunque la casa más próxima, quedaba lejos.

–Hola, niña, la verdad es que sí. He venido a dar la bienvenida a mi nueva vecina –le dijo. –Soy Aibhill y vivo por ahí –la anciana señaló hacia el bosque por el que debía haber llegado.

–Encantada, señora Aibhill, yo soy Eimear.

La mujer se le quedó mirando, con una sonrisa que enseñaba demasiados dientes, para el gusto de Eimear. Sus cabellos eran de un color plateado, casi metalizado y brillaba con intensidad. Lo llevaba recogido en una trenza que había enroscado en un moño apretado.

–Estará agotada del camino, ¿le gustaría tomar algo? –propuso Eimear.

–No, hija, gracias, eres muy amable –le contestó. –En realidad he venido a ofrecerte algo yo a ti. La mujer extendió las manos, sujetando un pequeño fardo que escondía unas galletas caseras. Eimear vio un brillo rojo en uno de los dedos de la anciana. Al intuirlo, lo escondió, y Eimear miró a otro lado, avergonzada.

–¿De verdad no quiere tomar un té conmigo? –insistió Eimear.

La anciana cedió y las mujeres se sentaron en la cocina a beber el té mientras charlaban. Eimear la escuchaba embelesada, le contó un montón de anécdotas del pueblo y le habló sobre los vecinos e incluso sobre su propio marido. La anciana conocía bien la zona y a la familia Purpaigh. Un té dio paso a otro y no fue hasta que comenzó a anochecer, que la anciana se marchó. Eimear le ofreció llevarla en la calesa, era tarde y el camino hasta el pueblo demasiado largo para una anciana. Pero este se negó. Le gustaba caminar y daría un largo paseo hasta el pueblo.

Cuando se marchaba, Rowan regresó y se saludaron fríamente. Eimear le pidió que fuera más amable con ella, había sido una compañía agradable y le había contado muchas cosas sobre la colina y el pueblo. Rowan se excusó explicando que aquella mujer era muy rara y que de niños la temían, porque pensaban que era una bruja.

Eimear se durmió sin poder dejar de pensar en la pobre anciana. Era una mujer muy agradable y no dejaría de tratarla por supersticiones. Al fin y al cabo, era la única persona que se había acercado para saludarla y no iba a pedirle que no regresara. Se quedó dormida y soñó con aquel destello rojo que brillaba en el dedo de la anciana. Se parecía tanto a la sortija del tapiz que no podía dejar de pensar en ella.

Pasaron los meses y la primavera trajo días más cálidos y lluvias. El jardín de Eimear estaba lleno de nuevas plantas y los árboles viejos llenos de botones verdes y rojos que explotarían en cualquier momento, dejando paso a las hojas grandes y frescas de los árboles en primavera.

Cada mañana, lo primero que hacía tras desayunar, era acercarse a su jardín y retirar las malas hierbas y recortar los arbustos para que no perdieran la forma. Desde que empezara su trabajo, el otoño pasado, todo había cambiado. Ahora era un lugar lleno de vida y alegría, en contraposición al otro lado de la casa, donde lo que se levantaba del suelo eran las lápidas de los antiguos miembros de los Purpaigh.

Pronto llevarían un año casados y todavía no había llegado el primero de sus hijos. Aquello le preocupaba, aunque Rowan le quitaba importancia. “Ya llegaran”. Pero no lo hacían.

Una mañana, en la que se estaba preparando una tormenta, la anciana se presentó. Eimear la invitó a tomar un té y charlaron largo rato. Cuando ya iba a marcharse, la mujer sacó una bolsita de su bolsillo y se la entregó a Eimear.

–Ten niña, quiero hacerte un regalo –le dijo.

–¿Para mí? No tiene por qué hacerlo –le dijo.

–Bueno, no es nada, sólo es una semilla que mi esposo compró en uno de sus viajes mucho antes de morir.

–¿Una semilla? –preguntó Eimear.

–Sí, la compró en la India, mi esposo era comerciante y recorría todo el mundo buscando nuevas cosas que importar. En uno de sus viajes, consiguió estas semillas, esta es la última.

–¿Y de qué es?

–No tiene nombre, pero es una semilla que otorga fertilidad a quien la cuida.

Eimear miró el saquito con recelo, ¿acaso esa anciana sabía de sus temores? No podía ser, era casualidad, seguro.

–Eres una mujer joven y los niños llegarán cuando tengan que hacerlo –le dijo.

–¿Es usted adivina? –bromeó Eimear.

–No hija, pero sé lo que una pareja joven quiere, y por eso he pensado que te vendría bien esa semilla.

Eimear no creía que el hecho de sembrar aquella semilla fuera a otorgarle su deseo de ser madre. Era una mujer culta, había crecido rodeada de libros y su padre era profesor. Su madre era institutriz, dejó su trabajo cuando ella llegó. El ambiente en el que creció, no se hablaba de magia ni supercherías.

Aún así, la sembró.

Pasó un mes y no hubo señal alguna de que la semilla estuviera viva. Eimear no se sorprendió, el marido de aquella anciana llevaba más de diez años muerto. Si trajo aquella semilla de su época de comerciante, llevaba mucho tiempo en un cajón.

Las semanas pasaron rápido, Eimear pasaba menos tiempo trabajando en el jardín y más disfrutando de su esfuerzo. Un día, cuando el calor apretaba, y el sol quemaba, Eimear pidió que le llevaran el desayuno al jardín. De hecho, pensaba desayunar allí cada día de ese verano tan fabuloso que comenzaba. La cocinera, que hacía las veces de sirvienta, llevó todo lo necesario fuera. Eimear olió el pan tostado y se le antojó delicioso, aunque un instante más tarde, su estómago protestó y se sintió mareada. Vomitó entre los tulipanes que cuidara con tanto amor.

El médico llegó rápido, se encontraba en el pueblo, realizaba las visitas habituales y no dudó en interrumpirlas. Eimear estaba asustada, porque se encontraba mal, casi pensó si no habría sido envenenada. No podía contener las náuseas y le costaba respirar.

–Eimear, dados los síntomas, su aparición repentina, su edad y la de su esposo, sólo me queda darle la enhorabuena, porque me atrevo a decir que está usted embarazada.

La noticia llenó de alegría el hogar en la cumbre. Al anochecer, ambos se acurrucaban bajo las estrellas, en el jardín al que tanto tiempo dedicó. Hacía fresco, pero, envueltos en una manta y juntos, no importaba demasiado.

Miraban las estrellas, buscando constelaciones y bromeando sobre el nombre que le darían a su hijo. Y mientras ellos se quedaban dormidos, el cielo seguía su danza, hasta que los primeros rayos de sol los despertaban.

Una mañana cualquiera, cuando Eimear ya veía que su vientre se abultaba, vio en el jardín algo que ya no esperaba. En el lugar que había sembrado la semilla de la anciana, había un diminuto brote. Eimear se llevó las manos al vientre, y sonrió. ¿Acaso la anciana tenía de verdad una semilla mágica? Estaba tan feliz, que no le importaba creer en supersticiones.

A medida que pasaban los días, Eimear comenzó a sentirse cansada y débil. El médico acudía cada semana y siempre decía lo mismo: “Todo va bien”. Pero Eimear no se sentía así, se sentía cómo si el bebé le fuera robando las fuerzas y estaba segura de que aquello no era normal. Una mujer embarazada no era una enferma, y ella se sentía así, como una mujer enferma. Cada día le costaba más levantarse. La planta que sembrara crecía deprisa, ya era un arbusto fuerte y verde, muy diferente a todo lo que crecía en la colina.

Cuando quedaban tres meses para que su bebé viniera al mundo, Eimear empezó a tener sueños extraños. Se veía en un lugar solitario, una mezcla del jardín en el que tanto tiempo había trabajado y el cementerio que se levantaba al otro lado de la casa. Su barriga no estaba y tenía frío. En el medio de aquel lugar había un arbusto, el mismo que había crecido en su jardín, de la semilla que Aibhill le entregara. Tenía un fruto, un único fruto, que brillaba como si de una linterna se tratase. La luz palpitaba y Eimear supo que lo hacía al ritmo de su corazón. Se asustó al pensarlo y sus latidos se aceleraron y la luz lo imitó. Al fondo había una cripta que no existía en su casa real. Y en ella había alguien, lo sabía, aunque no podía verlo.

Cada noche el sueño se repetía. Pero siempre era distinto. Ella paseaba por el jardín y de repente lo hacía entre lápidas que nunca había visto, pero que le eran familiares. La planta, en el medio de todo, siempre. El fruto, palpitando con una luz roja que le recordaba a algo que no lograba ver. Y al fondo, la cripta. Con una puerta oscura, entreabierta, que no dejaba ver lo que había detrás. Y cada noche intentaba llegar hasta ella, para ver quién se escondía en su interior. Pero despertaba antes de llegar.

Por la mañana se sentía agotada, como si hubiera paseado de verdad y caminando en la oscuridad. Rowan le quitaba importancia y se limitaba a repetir las palabras del médico. Pero Eimear sabía que había algo que no iba bien.

Aibhill acudía cada semana a verla y le traía frutos rojos que ella misma recogía. Le repetía que algunas mujeres sufrían embarazos más pesados que otras, pero que hiciera caso del médico y que comiera bien para no perder las fuerzas. Eimear hacía caso a todo el que le ofrecía consejo y ayuda, pero no dejaba de sentirse mal, todos parecían quitarle importancia y ella estaba cada día más débil.

Una tarde, cuando el sol casi había desaparecido, estaba en el jardín, revisando las plantas que con tanto amor había cultivado y vio que el arbusto que sembrara tenía una flor. Una única flor de pétalos muy grandes y brillantes. De color amarillo y de estambres negros. Era hermosa, pero la oscuridad que lucía en el interior era algo que parecía fuera de lugar. Rozó un pétalo con la yema de sus dedos y sintió una punzada en su pecho. En su vientre, el bebé se revolvió. Llevaba unos días sin sentirse débil, pero el corazón empezó a latirle con fuerza y sintió que se mareaba.

De repente sintió que aquella planta era maligna. No le había traído nada bueno, y era imposible que su embarazo se debiera a ella. Aquella planta le robaba la vida. Lo supo desde el primer momento en que vio aquella luz parpadeante que bailaba al ritmo de su corazón. Y lo sabía ahora que veía aquella flor, hermosa y peligrosa. Los sueños que había estado teniendo querían avisarla y no les había hecho caso.

Tenía que destruirla.

Fue al cobertizo y cogió un zacho. No se sentía en condiciones de arrancar aquel arbusto. La barriga le pesaba y le impedía moverse con libertad. Pero si no la destruía, en ese mismo instante, sabía que moriría. Se preguntó si Aibhill lo sabría. Si le entregó aquella semilla porque quería hacerle daño. Su esposo se lo había advertido y ella no le había hecho caso. Después de todo, aquella mujer siempre acudía a verla cuando estaba sola. Evitaba encontrarse con Rowan. Y toda su bondad y amabilidad se le antojaban falsas ahora.

Decidida, levantó el zacho y lo clavó en la tierra. Sintió de nuevo aquella punzada en el pecho. Estaba en lo cierto, ahora lo sabía. Y la planta le provocaba ese dolor porque sabía que quería eliminarla. Y debía hacerlo rápido, porque se debilitaba. Cada golpe que daba en la tierra, su respiración se cortaba, el pecho le dolía y tenía la frente perlada de sudor. Una de las sirvientas la vio y corrió hacia ella, asustada. No entendía qué hacía su señora. Eimear estaba como poseída y la muchacha fue a buscar a Rowan.

Eimear sentía un dolor inmenso en el pecho. Y de repente, algo húmedo y caliente le mojó las piernas. Su bebé llegaba y era demasiado pronto. Rowan la levantó y ella protestó, no soltaba el zacho, a pesar de que un mozo se lo intentó quitar y de que el dolor era intenso. La llevaron a la casa entre gritos sobre la plante. Nadie comprendía a qué se refería. Rowan la dejó con la doncella y partió a caballo al pueblo, a buscar al médico.

Las contracciones eran constantes, cada diez minutos; le dejaban tiempo para coger algo de fuerzas, pero cada vez se sentía más débil. Le pidió a la sirvienta que fuera al jardín y arrancara la planta, pero la muchacha no le hizo caso. Todos pensaban que eran delirios de una parturienta primeriza. Eimear sabía que algo muy malo ocurriría. Siguió pidiendo que alguien la arrancara, hasta que se desmayó.

Pero Eimear no se dio cuenta. Estaba en el lugar que tenía que estar y no le sorprendió verse allí, ese jardín que no era su jardín y ese cementerio que no era el que había junto a la casa. Se sentía ligera y libre en aquel camposanto de sus sueños. Y allí, en el centro de todo, la planta, el fruto brillando, intenso, palpitando como su corazón. Y al fondo, en la oscuridad, como siempre, la cripta en la que algo se ocultaba. Y ahora lo sabía, quien estaba allí no podía ser otra que Aibhill, la anciana que le había hecho aquello.

Decidida, se encaminó hacia la cripta, a cada paso que daba, sentía que no avanzaba y que la cripta seguía siempre a la misma distancia. Luchó con todas sus fuerzas. El fruto se iluminó con fuerza y poco a poco se acercó hasta la planta. Empezó a escuchar un ruido aterrador, un crujido que se hacía más intenso a cada paso que daba.

La cripta, cada segundo más cerca. Estaba agotada, el corazón le latía descontrolado. La fruta palpitaba sin parar. El olor a humedad, cada vez más intenso y el frío, enlenteciendo sus movimientos. El crujido, tan intenso, que cuando gritó no escuchó su voz. Sentía una opresión terrible en su cabeza.

Y de repente silencio. La fruta brillaba, pero no titilaba. El crujido desapareció, como el frío y el olor a humedad.

Eimear sintió alivio. No tenía tiempo de pensar, sólo quería llegar a la cripta y enfrentarse a la anciana. Gritarle por lo que le había hecho y arrancarle una solución.

Dio un paso adelante y se movió sin dificultad. La oscuridad de la cripta le impedía ver lo que aguardaba allí. Cuando alcanzó la puerta, la empujó. Un crujido anunció la profanación de un lugar sagrado, como lo era la última morada de un cuerpo. La oscuridad lo envolvía todo, pero sus ojos veían más de lo que esperaba. Había algo en la esquina más alejada de la puerta. Algo pequeño, que crujía de forma desagradable. Un crujido amortiguado que reverberaba en los oídos de Eimear. El olor a humedad se mezclaba con algo podrido. Eimear no sintió náuseas, pero no quería estar allí. Aunque sabía que debía entrar allí.

Lo que estaba en la esquina la miraba. Lo sabía porque veía brillar sus ojos como dos candelas en la noche. No parpadeaba, no se movía. Se limitaba a observarla con curiosidad. Eimear dio un paso adelante y la criatura, agazapada, se puso en pie. Le sacaba dos cabezas, pero no se asustó. La cosa se acercó a ella hasta quedar a una distancia prudencial. Era oscura, como si absorbiera la luz. Pero Eimear vio su rostro, un rostro negro como el carbón y unos ojos brillantes, negros, como dos piedras de obsidiana pulidas y una llama encendida que ardía sin arder. Sus cabellos eran largos, arrastraban por detrás de la cosa y eran de un tono violeta, casi gris. Eimear no pensó en huir, no había llegado hasta allí para escapar.

–No deberías estar aquí –dijo la cosa. Su voz sonaba como mil gritos de pánico al mismo tiempo. Eimear entendió las palabras, sintió que le ardían los oídos y que la cabeza le iba a explotar.

–¿Qué quiere? –le gritó.

–¿Qué quiero? –se burló. –Di mejor, qué me has regalado.

La cosa se burló, riendo a carcajadas. Aquella risa era de cristal cortante, fría y llena de oscuridad. Eimear volvió a sentir que su cabeza iba a estallar. El frío la invadió y el olor a podrido se hizo insoportable. Lo que tenía delante se burlaba de ella y una idea horrible le vino a la cabeza. ¿Acaso esa cosa le iba a arrebatar a su hijo? ¿No había empezado todo con la semilla que le regalada Aibhill? No lo permitiría.

–No vas a llevártelo, bruja –le gritó. El ser levantó un dedo y señaló su pecho. En el dedo había un anillo, el rubí que Eimear viera aquella tarde, hacía tanto tiempo…

–Lo que quería ya lo tengo, niña –se burló. –¿Acaso no ves que la fruta ya está madura? –le dijo acercándose a la puerta.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Eimear, temblorosa por lo que acababa de escuchar.

La fruta, en el centro del jardín, brillaba con fuerza, pero no palpitaba. Se llevó una mano al pecho y comprobó que su corazón tampoco lo hacía. La bruja no quería a su hijo, la quería a ella.

–Ahora este es tu lugar –le dijo. Cogió la fruta y la mordió.

Eimear quiso correr hacia ella, pero no podía abandonar la cripta. La puerta estaba abierta, pero algo se lo impedía. Luchó contra la nada hasta que se sintió derrotada. Se desplomó de rodillas y se dio cuenta de que no había no vería el rostro de su hijo. Ni siquiera sabía si estaría vivo. Ella ya no lo estaba. ¿Tuvo tiempo de nacer? Nunca lo sabría.

La bruja terminó de engullir la fruta y se transformó, ante la inútil mirada de Eimear. Sus cabellos se tornaron rojos, como fueran hace muchos años. Su rostro retomó la forma de corazón que apenas se veía en la vejez y su cuerpo se enderezó hasta recuperar la figura esbelta de la juventud. Nadie podría decir que era la misma mujer. Todo había cambiado en ella, menos sus ojos encendidos y el anillo que portaba en el dedo índice. Hasta la piedra roja parecía brillar con mayor intensidad.

Eimear se maldijo, por haber sido amable con aquella vieja que su marido detestaba. Rowan. Tampoco había podido ver su rostro una vez más. La bruja desapareció, dejándola atrapada en aquella pesadilla de la que no podría escapar. El único consuelo que le quedaba era pensar que su bebé estaba vivo y que viviría una larga vida que ella no vería jamás.

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