Hasta la próxima luna llena

Hasta la próxima luna llena
Hasta la próxima luna llena

–¿Qué ha sido eso? –gritó Mina, agarrándose al asiento.

El coche dio un brinco y subió por la empinada loma junto a la carretera. Se atascaron y un ruido parecido al de una tetera salió del motor.

–¿Estás bien, Mina? –dijo el señor Böhm mientras apagaba el motor.

Mina se recompuso enseguida, el golpe la cogió por sorpresa, iban despacio y la pendiente los frenó. Salió del coche y miró alrededor. Era tarde, el bosque estaba oscuro y no se veía nada a lo lejos, aunque, allí, tras ellos, había algo, tan grande como una persona o incluso más, que desapareció entre la maleza cuando se acercó.

–¡Hija! ¡Ven aquí! –le gritó su padre.

Mina obedeció. Al acercarse al coche se encontró con algo que brillaba en el suelo. Se agachó a recogerlo. Era una cadena gruesa de la que pendía un saquito. Su padre volvió a llamarla, se lo guardó en el abrigo y se olvidó de ella.

–Hemos golpeado algo. Debía ser algún animal, mira –le señaló una abolladura en la carrocería y parte del faro derecho arrancado.

–He visto algo entre los árboles, era grande y no parecía herido.

–Deberíamos ir a buscar ayuda –dijo el señor Böhm. Abrió el coche y sacó su maleta y la de su hija.

–¿Y tenemos que cargar con eso? –protestó Mina.

–¿Tan poquito aprecio tienes por tus cosas? No sabemos quién vive por aquí y no me fio de la gente en los lugares que no conozco.

–Ya, pero no voy a llevarlo todo. No puedo con mi máquina y mi ropa, así que me llevaré sólo la Blick.

–No lo dudé ni por un momento, hija –rezongó el señor Böhm.

Ambos marcharon, camino adelante, convencidos de encontrar un pueblo pronto, porque habían visto una señal atrás.

Tardaron media hora en alcanzar la primera casa. Era un gran edificio, de muros de piedra oscura. Tenía tres pisos y un invernadero acoplado en uno de los laterales. De la chimenea salía humo, aunque no hacía mucho frío. Tras la reja que cercaba la propiedad, había dos hombres. Mina los miró y enseguida vio que discutían. El más joven no tenía buen aspecto, parecía molesto y enfadado. El otro gesticulaba como si quisiera convencerlo de algo sin mucho éxito.

–¡Señores! –gritó el padre de Mina. –¿Podrían ayudarnos?

Los dos hombres miraron hacia la puerta, sorprendidos. Se parecían, debían ser padre e hijo. El más joven hizo ademán de acercarse, pero el otro se lo impidió y le indicó que se marchara. Se acercó a la reja y preguntó en qué podía ayudarnos.

–Es usted muy amable –dijo el señor Böhm. –Mi hija y yo hemos sufrido un pequeño accidente a poco más de una milla de aquí. Nuestro coche se salió de la carretera. Un animal se cruzó y lo golpeamos.

–¿Y qué puedo hacer yo por ustedes? –insistió el hombre, nervioso.

–El pueblo aún queda muy lejos, y me imagino que tendrá usted teléfono. Tal vez podría comunicar con algún mecánico que pudiera venir a asistirnos –dijo el señor Böhm. –Pero, déjeme que me presente, he sido muy descortés. Soy Bertram Böhm y esta es mi hija, Willhelmina. Nos dirigimos a Dresde, soy arquitecto y tengo algunos proyectos que requieren mi presencia allí.

El hombre guardó silencio y los miró hasta un punto incómodo. Mina quería intervenir, la situación era extraña y prefirió guardar silencio. La mirada de ese hombre indicaba que no quería dejarlos cruzar la puerta de entrada. Pero al mismo tiempo, lo que sólo podía ser su sentido de la cortesía, parecía enfrentarlo a un terrible dilema.

–No es un buen día para esta casa –les indicó en tono serio. –El servicio está fuera, les di todo el día y la noche libres y están en el pueblo, celebrando las fiestas y se quedarán a dormir en la posada.

–Sólo necesitamos ponernos en contacto con el mecánico, habrá uno en el pueblo, ¿cierto? Veo que tiene un automóvil –el señor Böhm señaló el coche y el hombre apretó las mandíbulas ante la insistencia. Mina, como era su costumbre, interpretó el lenguaje corporal del hombre que tenía delante. Algo le preocupaba y le impedía actuar como el perfecto caballero que su atuendo descubría.

–Está bien, pasen –indicó el hombre al tiempo que abría la reja que los separaba. –Soy Friedrich Hermann Rötschke, bienvenidos a mi hogar.

Padre e hija entraron en la propiedad, cargados con sus maletas. El señor Rötschke los guio hasta una sala donde tenía instalado un teléfono. Recomendó que llamaran a la oficina postal y allí irían a buscar al mecánico para que hablara con él. Les pidió que se acomodaran y abandonó la sala.

Mina no dijo nada, pero cruzó una mirada con su padre, incómoda con la situación. Había un olor extraño y penetrante. Había varios jarrones con flores violetas que Mina reconoció. Eran acónitos, una planta muy tóxica que nadie en su sano juicio cortaría para adornar su hogar.

El señor Böhm levantó el auricular y una voz contestó al otro lado. Le indicó que quería contactar con el pueblo, con la oficina postal y la voz, amable y eficiente de la joven que manejaba las clavijas, le pidió que esperara junto al aparato.

–¿No le parece extraño que un hombre con su aspecto y una casa como esta, estén sin sirvientes? –dijo Mina.

–¿Ya estás fabulando? Deja tus historias para esa máquina –le pidió su padre señalando la maleta que su hija sujetaba.

–En esta casa se respira un ambiente raro –continuó Mina. Se acercó a pasos agigantados hasta la chimenea, sobre la que había diversas figuras de porcelana y un enorme retrato del señor de la casa con la que debía ser su esposa y su hijo. Mina reconoció al otro hombre en ese chico, el que discutía en el jardín cuando irrumpieron en su día. –¿Ve las flores? Son muy venenosas, deberíamos avisar. No deben saberlo.

–Este lugar es extraño, no sólo esta casa, hija –intervino el señor Böhm. –El bosque que hemos cruzado hasta aquí era mucho más tétrico de que lo que parecía cuando íbamos en el coche. Y no te metas en los asuntos de estos buenos señores. Por supuesto que sabrán de la toxicidad de esas plantas y si las han metido en jarrones en su salón, sus motivos tendrán.

–¡Hasta usted parece verlo! Este sitio es escalofriante, padre.

El silencio de la sala se rompió con el timbre, desafinado y estridente del teléfono. La operadora fue rápida, algo novedoso en el mundo de los teléfonos. El señor Böhm levantó el teléfono, se llevó el auricular al oído y habló por la boquilla. Le pasaron con el mecánico y acordaron una cita a las puertas de la casa del señor Rötschke.

–Nos toca esperar, hija –indicó mientras se sentaba en un sillón. Poco después entró en la sala el señor Rötschke.

–¿Han logrado contactar con quien deseaban? –les preguntó.

–Sí, el mecánico viene hacia aquí.

–Si necesitan refrescarse o tomar algún refrigerio, puedo indicarles dónde están la cocina y el aseo, aunque seré descortés pidiéndoles que se atiendan ustedes mismos –indicó más amable que un rato antes.

–Gracias, estamos bien, y déjeme agradecerle su hospitalidad. No es agradable verse abordado por unos desconocidos que irrumpen en una casa con sus propios tiempos y problemas.

–No se preocupen, pueden moverse por la planta baja, pero les ruego que no bajen al sótano ni suban a la planta superior. Mi nuera murió hace pocas semanas y dejó a mi hijo viudo, con un bebé recién nacido. Está arriba, descansando con su hijo –explicó.

–Mis condolencias por la pérdida, señor –dijo el señor Böhm. Mina guardó silencio.

Una información que despertaba la curiosidad de Mina. Le encantaba el misterio y por eso había comenzado a escribir años atrás. Y se había hecho un nombre en el mundo de las novelas: Eider H. Edelweiss, escritora de terror. Su familia no estaba muy contenta con aquello. Pero demostró su valía para el tema y pronto se hicieron a la idea de que ella, una joven de buena familia, con estudios e inteligencia suficiente para todo lo que se propusiera, quería dedicarse a la escritura. Y no sólo eso, había logrado convertir en un trabajo esa peculiar actividad.

Había publicado varias novelas y comenzaba a gozar de cierta fama. Sus padres agradecieron que escribiera bajo pseudónimo. Aunque al principio no les gustó su decisión, poco a poco la habían aceptado y Mina sabía que se sentían orgullosos de ella, aunque no quisieran compartirlo en sus reuniones sociales. Eran asuntos que no debían salpicar su reputación socia.

Ahora, en aquella casa extraña, con unos habitantes taciturnos, no podía dejar de especular. Mucho menos tras conocer de la reciente tragedia acontecida entre esas paredes. Casi parecía una de sus historias. Una mansión vacía, un padre que escondía a su hijo y su nieto, una madre que perdía la vida tras dar a luz a su hijo… Ya no podía apartar la idea de un misterio oculto.

Su padre, que la conocía bien, no esperó a que abriera la boca. Le indicó al dueño de la casa que estaban bien y que en cuanto llegara el mecánico, abandonarían la casa y marcharían al pueblo.

–¿Y qué dice que golpeó? –preguntó el mecánico.

–Algún animal que se lanzó al camino justo cuando pasábamos –explicó el señor Böhm.

–Esta carrocería es muy robusta. Debió ser un oso, por lo menos –dijo el mecánico. –Aunque hace mucho que no se ven osos por aquí.

Mina observaba la escena en silencio. Aquel mecánico era un hombre peculiar. Era bajito y regordete. Tenía un bigotillo grasiento, atusado de forma ridícula, sobre todo para un hombre de su profesión. Olía a grasa y tenía las uñas sucias. El señor Rötschke permaneció en silencio, pero, Mina, intuía que ocultaba algo. Su mirada no era la de un hombre inocente. Ocultaba algo. ¿Tendría algo que ver con la reciente pérdida de su nuera? Haría caso a su padre y se guardaría sus especulaciones. Aunque no las verbalizara, no podía evitar que su mente trabajara.

El mecánico les indicó que tardaría un par de días en arreglar el automóvil. Y cuando el señor Böhm le pidió que los llevara al pueblo, el hombre negó con la cabeza. Está todo lleno, señor, no hay alojamiento desde hace días. No tendrán dónde pasar esos días.

–Tal vez el señor Rötschke pueda darles alojamiento –dijo el mecánico. –¿No es así, señor?

El hombre pareció molesto, aunque Mina pensó que la palabra no era esa, su mirada y la tensión de sus mandíbulas, más parecía miedo. Lo que intrigó más a la joven novelista.

–No queremos ser una molestia, podemos ir a otro pueblo y esperar allí su llamada –le dijo el señor Böhm al mecánico.

–No lo creo, las fiestas de este pueblo son un reclamo muy atrayente y los alrededores están igual –el mecánico fue tajante. El silencio se adueñó del camino. Todos esperaban la intervención del señor Rötschke, pero el hombre se resistía.

–Mi hija y yo podemos acomodarnos en cualquier parte, con un techo y un colchón donde dormir…

–No siga –lo cortó el señor Rötschke. Mina veía resignación en sus palabras. –Se quedarán en mi casa. No voy a dejar que un padre y su hija pasen penurias cuando puedo darles alojamiento.

–No queremos ser una molestia, señor. Ha sido muy amable y cortés –Mina no hubiera utilizado esas palabras para describir el trato recibido, pero su padre era mucho más diplomático que ella. –No vamos a crearle más problemas.

–No, insisto –intervino el hombre. –Volvamos a la casa y esperaremos la llamada de este buen señor cuando termine su trabajo –el mecánico quedó satisfecho, aunque Mina interpretó el tono de forma muy distinta.

El mecánico se quedó allí. El mozo que lo acompañó sacó unas cadenas y unas correas de lona y empezaron a preparar el vehículo para llevarlo al garaje. Mina, su padre y el señor Röstchke marcharon a la casa.

Ya instalados, con el sol, a punto ocultarse, los invitados y su anfitrión, tomaron un refrigerio más que una cena. Era cierto que no había ni un sirviente en la casa, a pesar de ser grande.

Cuando terminaron, el señor los llevó a las habitaciones de invitados del primer piso. Les indicó que cerraran por dentro y que no salieran bajo ningún concepto hasta que amaneciera. Mina se quedó sola en su alcoba y su padre en la de al lado. No había rastro del hijo del señor Rötschke ni su nieto. Y el misterio estaba servido.

Algo sonó fuera. Era de noche. Mina abrió los ojos y la luz de la luna sobre su lecho la cegó. Apretó los párpados y trató de dormir. Pero, algo volvió a sonar fuera. Parecían gruñidos de algún perro que peleaba lejos. Le pareció extraño, porque no había visto ningún perro al entrar en la casa. Las nubes cubrieron la luna y la habitación oscureció. Las pupilas de Mina se encogieron, no veía nada. Los gruñidos se intensificaron y un grito de dolor, tan humano como el que pudiera producir una garganta humana, terminó de desvelarla.

Se levantó de la cama y se cubrió con su abrigo. Había sido una inconsciente al prescindir de su equipaje, por no abandonar su máquina de escribir, había tenido que dormir con la combinación como camisón y no tenía su bata. Ya en la ventana, miró afuera. Estaba oscuro, pero había algo en el patio. Un bulto pequeño, de poca altura. Un aullido irrumpió en la noche y a lo lejos se escucharon los ladridos de decenas de perros que respondían al grito.

Las nubes se movieron, apenas un segundo, iluminando lo que había en el patio. ¿Podía ser un cachorro de perro? Pero al ocultarse la luna, le pareció un bulto más pequeño. ¿Sería un niño?

Alarmada, recordando la terrible pérdida que habían sufrido en la casa y al bebé, huérfano de madre, Mina pensó lo peor. El padre del recién nacido, en su locura por la pérdida de su esposa, había salido con su bebé en la noche y lo había dejado a merced de las bestias. Había oído muchas historias de niños sacrificados por sus propios padres al no lograr superar el dolor de un trauma cercano.

Abrió la puerta de su alcoba, olvidando por completo las advertencias de su anfitrión, y corrió escaleras abajo sin pensar en nada más que la vida de aquel pequeño.

Salió al patio y respiró el aire gélido de la noche. En el centro, el bebé permanecía en silencio, tal vez ya era tarde. Mina se agachó y tocó el bulto de telas que envolvían al niño. Un balbuceo la tranquilizó. El bebé la miró, con ojos inquietos y azules como el reflejo del cielo en un lago gélido.

–¿Qué haces aquí, pequeño? –le dijo Mina llevándolo a su pecho. El bebé la miró, con curiosidad y alzó su manita para tocarle la barbilla.

Un ruido repentino la alertó. Se volvió y no vio nada. Pero había algo allí, lo sentía y el miedo se apoderó de ella. Tenía que entrar en la casa y eso hizo.

Dentro, al pie de la escalera, se encontró con el señor Rötschke, que la miró, con los ojos como platos.

–¿Qué hace aquí? Sólo les pedí que no salieran en toda la noche –le gritó. Mina se asustó, pero no sentía que hubiera hecho nada malo, porque aquel bebé necesitaba ayuda. –¿Qué hace con Armin? ¿Dónde lo ha encontrado?

–Estaba en el jardín, me despertó un ruido y lo vi. ¿Cómo iba a dejarlo ahí? –protestó Mina. Un trueno cercano resonó en los cristales de las ventanas. Y un rugido, terrible, los alertó a ambos. –¡Hay algo ahí fuera!

–Lo sé –dijo el señor de la casa. Debí acabar con ella cuando pude, y ahora es tarde. Las flores apenas les afectan. Él también se ha convertido y lo único que podía detenerlos se ha perdido. No entiendo cómo pude olvidarlo. O tal vez me lo quitó, no lo sé –dijo sin parar de moverse por la sala. Mina pensó que estaba loco.

–¿Qué sucede? –preguntó Mina, cada vez más preocupada.

–Deme al niño y entre ahí –dijo señalando una sala oculta tras una estantería. –En cualquier momento entrará y lo buscan a él. Mejor quédeselo y no haga ruido.

–Pero yo… –objetó la muchacha con el bebé en brazos. Cuando quiso darse cuenta, estaba dentro de una cámara con una única ventana, demasiado pequeña hasta para que ella se colara. El hombre cerró la puerta y se hizo el silencio.

Durante un interminable minuto, el único ruido que se escuchó fue el lejano tremor de la tormenta que se acercaba. Los relámpagos recorrían los cielos y la luna, pronto, quedó oculta por completo, sumiendo la casa en una impenetrable oscuridad.

La tormenta estaba encima cuando los gritos y los golpes, al otro lado de la puerta tras la que se escondía Mina, empezaron. Apenas fueron unos segundos que se hicieron interminables hasta que irrumpió un ruido sordo que sólo podía ser un disparo. Todo quedó en silencio. Cuando la puerta se abrió y Mina se escondió tras un biombo decorativo, consciente de que no le brindaba más seguridad que la de no ser vista en un primer momento. Cuando comprobó que quien había entrado era el señor Rötschke, abandonó su escondite, dejó al bebé en el suelo, junto al biombo y se acercó a él, estaba herido.

–¿Qué le ha pasado, señor Rötschke? –preguntó Mina. Por detrás apareció su padre, que había bajado, con su revólver al escuchar los gritos.

–¿Qué sucede? –preguntó, alarmado, con los cabellos alborotados y las gafas torcidas. –Hay sangre en el salón.

–No lo sé, padre, pero este hombre está malherido.

–Lo he perdido… no puede haber sucedido. Era lo único que tenía para frenarla y lo he perdido, pero está herida y eso tiene que debilitarla, estaban bañadas en acónito, como me dijo aquel hombre –balbuceó con la mirada perdida. Tenía el rostro manchado de sangre. Y Mina vio que tenía una profunda herida en el cuero cabelludo. Rebuscó en sus bolsillos, siempre llevaba pañuelos, para tapar la herida. Lo encontró, pero también sacó una cadena, la que encontrara frente al coche, después del accidente. Se le cayó al suelo y cuando el señor de la casa lo vio, se abalanzó a por ello, como si fuera un antídoto para su inminente muerte.

–¿De dónde lo ha sacado? –gritó.

Mina lo miró asustada por la reacción. Su padre también se acercó, para ver qué pasaba. El señor Rötschke abrió bolsa y sacó una bala plateada. La miró como si fuera el objeto más valioso del mundo y rebuscó entre sus ropas algo.

–¡Tenemos una única oportunidad! ¡Pero yo no puedo! ¡No puedo hacerlo! –gritó como un loco. Miró al padre de Mina y le dio la bala. –¿Sirve para su revólver? Si no, espere, aquí tengo el mío. Tenga, por favor, yo no podría disparar.

–Pero ¿qué dice? ¡No voy a disparar a nadie! Deberíamos llamar al pueblo, a la policía.

–¡No! No hay tiempo. Porque está herida, pero volverá por él, como hizo ayer, la detuve, pero me quitó esto –dijo levantando el colgante. –Huyó al bosque y ahora está furiosa, estaba herida y chocó con su automóvil.

–¿Qué está diciendo? –preguntó el señor Röhm sin comprender nada. Mina miró al bebé, que se había sentado y los miraba. –¿Qué está pasando aquí?

–Mi nuera enfermó, alguien la hechizó –dijo el hombre. –No me mire así, porque así miré a mi hijo cuando me lo contó. Cuando me explicó que su esposa, a punto de dar a luz, con la última luna llena a unos días de brillar en la noche, se transformó, al despuntar por la loma la luz plateada. Aunque no se transformó realmente. Yo no creí sus palabras. Hasta que la vi. Parecía una bestia. Un animal rabioso, que gruñía y enseñaba los dientes. Eso fue al principio. –Mina y su padre escuchaban atónitos lo que aquel hombre narraba. –Pasó la noche, y se calmó. Pero todo se repitió a la noche siguiente. Estaba enloquecida y temíamos que se hiciera daño o se lo hiciera al bebé nonato –el hombre parecía agotado. –La encerramos en el sótano… y enloqueció. Su rostro seguía siendo humano, pero su expresión… no, no quiero recordarla. Era una mucha tan dulce… y su mirada, su mirada estaba llena de odio y de sed de sangre.

«Entonces, la noche en que la luna llena brilló en el cielo… esa noche… qué horror y qué espanto. Aquella noche cambió. Se puso de parto y no dejó que nadie la asistiera. Llamamos al médico, y ni él pudo hacer su trabajo. No sabía qué le ocurría, pero tenía una vaga idea. Lo había visto en otra ocasión, cuando era un niño. Era un recuerdo que había borrado de su mente científica, pero ahora lo recordaba y empezó a pensar que fue verdad. Sus sospechas se vieron confirmadas un rato después del nacimiento de mi pobre Armin –dijo buscando a su nieto con la mirada».

–¿Qué sucedió? ¿Cuáles eran las sospechas del médico? –preguntó Mina. Tenía una mezcla de terror y curiosidad.

–Dijo que había sido maldecida y que ahora era presa de un espíritu maligno que la había convertido en bestia.

–Estaba trastornada, lo he visto otras veces, los enfermos creen que son bestias, pero sólo es su psique la que los hace actuar así –intervino el señor Röhm.

–Usted no la vio –dijo mientras negaba con la cabeza una y otra vez. –Las dos primeras noches seguía siendo ella, su apariencia, quiero decir. Pero esa noche, esa noche no. Ya no era ella. La luna empezó a brillar en el cielo y se transformó. Su cuerpo se convulsionó. Se desplomó en el suelo del sótano y comenzó a gritar de dolor. El olor de la sangre tras el parto y del sudor, era intenso. Me sentía mareado,  pero el sonido de sus huesos…, de sus articulaciones mientras se contorsionaba en el suelo… no podré olvidarlo nunca. Se desplomó mi nuera y se levantó una bestia. Abrió las fauces y nos gruñó. Buscaba algo, mi hijo huyó con Armin en sus brazos y ella lo persiguió. El médico trató de detenerla, le cortó en el costado con un bisturí que sacó de la bolsa, pero ella no se inmutó. Alcanzó a mi hijo y le arañó la pierna, pero logró esconderse con el bebé y ella desapareció.

«Durante semanas no supimos de ella. Pero el ciclo de la luna cambió, la luna llena estaba próxima y apareció. Seguía convertida en aquella bestia y buscamos ayuda en alguien que nos recomendó el médico. Nos explicó que la maldición la había transformado y que no retomaría su forma hasta que muriera. Y nos dijo también que mi propio hijo se transformaría, con cada luna llena, hasta el día de su muerte, al haber sido herido por la bestia».

«Planeamos la forma de protegernos de ella y aquél hombre nos indicó que llenáramos la casa de acónito cuando se acercaran las lunas. También nos dijo que podíamos hacer infusiones con sus pétalos y bañar algún arma para defendernos, pero que si deseábamos acabar con ella de forma rápida, debíamos hacerlo con plata. Y encargué estas balas para mi revólver. Las guardé en ese colgante y decidí llevarlo todos los días».

«Pero, poco antes de su llegada, ella apreció, me sorprendió en el jardín, intentó llevarse a mi Armin y me atacó. Intenté sacar mi arma y las balas, pero me atacó y lo perdí todo entre la hierba. No logró herirme, pero sus garras engancharon el saco y su contenido y se desapareció».

–Entonces chocamos con ella, encontré el colgante al bajar del coche –explicó Mina.

–Lo que dice es una locura –dijo el señor Röhm.

–No le culpo por su incredulidad, pero tenga –dijo entregándole el revólver. –Volverá, encerré a mi hijo en el sótano, pero ya no sé si ha escapado o es ella, porque está oscuro, y si fuera él y disparara… no podría vivir con eso.

El señor Röhm se guardó su revólver en el cinturón y recogió el del hombre, que herido, se acercó a su nieto y se sentó con él. Mina lo miró de reojo. Si todo lo que había contado era cierto, él mismo había sido contagiado. El arañazo que le había abierto el cuero cabelludo era profundo y lo único que lo podía haber provocado era una garra de gran tamaño. Aquella mujer se había convertido en bestia y había contagiado a su esposo de alguna forma. Ahora él también lo estaba. O tal vez no funcionaba así.

–Padre, tenga cuidado –le dijo Mina. –Hasta a mí me cuesta creerlo, pero vi algo afuera y he escuchado gruñidos que sólo pueden venir de una bestia. Sea un oso, un lobo o algo… algo que no es de este mundo, será peligroso.

–Tranquila, quédate detrás de mí.

Esperaron en silencio un rato, la tormenta crecía en intensidad y la lluvia había comenzado a golpear con fuerza la casa. Los relámpagos se sucedían y todo crujía, por el viento, que agitaba las ramas de los árboles y golpeaban el tejado. Un gruñido al otro lado de la puerta aceleró el corazón de los presentes. El bebé empezó a llorar y el gruñido se repitió fuera. El señor Rötschke empezó a cantarle una nana al pequeño Armin, que gritaba, desconsolado.

La puerta se movió. El señor Röhm, alerta, levantó el revólver. Mina sabía de la habilidad con las armas de su padre y estaba tranquila. Pero temía que no hubiera un único atacante tras la puerta. Si ese hombre decía la verdad. Ahí fuera podía haber dos criaturas. Y sólo tenían una bala.

La puerta se atascó. Mina miró al suelo y vio un montón de libros que debían haber caído cuando entró el señor Rötschke. Uno de los volúmenes se había abierto y parte había quedado bajo la puerta, atascándola como una cuña que evitaba que se cerrara una puerta abierta. Le dio tiempo a ver al señor Rötschke, tendido en el suelo, quieto y su nieto jugueteaba con la cadena que aún aferraba con su mano. Tal vez sólo se había desmayado, pero Mina sabía que no, que estaba muerto. Abandonó el lugar en el que se había protegido y cogió al niño. Intentó que soltara la cadena, pero no quería hacerlo. Le agarró la mano y le apretó un poco los dedos, para que liberara su presa. Se revolvió y le arañó con unas uñas demasiado largas para un bebé.

Y en ese instante, la puerta se abrió de par en par. En la sala irrumpió una bestia de más de dos metros de altura. Abrió la boca y lanzó un rugido hacia los presentes, lanzando sus babas y un hedor a carne podrida insoportable. Miró hacia el padre de Mina y después se fijó en ella, que tenía al niño en sus brazos. Se lanzó a por ellos y el señor Röhm disparó. Fue un único disparo que resonó en la sala como una explosión. Mina cerró los ojos y al abrirlos se sintió mareada. Escuchaba un desagradable pitido y el olor de la pólvora era intenso. Sintió un calor repentino en la cara y el cuello y por un momento vio a la bestia. Estaba delante de ella. Si estiraba un brazo podía tocarla. Dio un paso atrás y tropezó con el señor Rötschke. Se desplomó sobre el suelo, con el pequeño en brazos.

La bestia se tambaleó hacia ellos, pero en su pecho había una herida sangrante. Su padre había sido certero. El monstruo cayó con un ruido sordo y se quedó bocabajo. Se convulsionó un par de veces y paró. Entonces empezó a decrecer, sus huesos sonaron como si alguien los quebrara y el pelo desapareció como si lo hubieran quemado, dejando un olor desagradable y penetrante. No era el hijo del señor Rötschke, era su nuera. Estaba tendida en el suelo, desnuda y llena de moratones. Tenía una herida en el costado y un gran golpe en la cadera.

Mina, acostumbrada a leer historias en las que aparecían bestias como esa y a inventar otras tantas con bestias de su propia imaginación, se vio incapaz de asimilar lo que acababa de suceder delante de ella. Hubiera seguido en el suelo, con el bebé en brazos y su madre muerta delante. Pero su padre, alerta y consciente en todo momento la obligó a levantarse.

Salieron de aquella habitación y llamaron por teléfono al pueblo, pidiendo ayuda. Esperaron hasta casi el amanecer, entonces llegaron las autoridades y el médico que atendiera a la madre en el parto. El señor Rötschke no estaba muerto, pero sí malherido. Y su hijo permanecía encerrado en la prisión en la que habían convertido el sótano. Lo encontraron desnudo y conmocionado.

Ni Mina ni su padre contaron nada de lo sucedido. Explicaron que estaban en sus alcobas cuando escucharon ruidos de pelea y disparos. Bajaron y encontraron al bebé junto a su abuelo y llamaron a la policía. El médico vio la herida de Mina en la mano y se la curó. Le preguntó cómo se la había hecho y la miró a los ojos. No dijo nada, pero Mina sabía lo que pensaba.

El bebé, Armin, había nacido de una madre maldecida. La misma que arañó a su esposo, transformándolo en una bestia que aparecía con la luna llena. Y aquel pequeño la había arañado a ella. El bebé era normal. Pero el arañazo no lo era. Unas uñas de un bebé no podían producir semejante herida. Pero no se había transformado, ¿o sí lo había hecho? Hubo un momento en el que vio un cachorro en el patio, bajo la luna llena. Y cuando ella lo cogió ya no había luna que lo bañara con su luz. ¿Podía ser que el hijo de la bestia se transforma también? ¿Al ser bañado por la luz del satélite?

Si había algo de lo que preocuparse, sólo lo sabría llegado el momento. Y para la siguiente luna llena, le quedaba un interminable mes de incertidumbre.

2 respuestas a «Hasta la próxima luna llena»

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