Eso

Eso - Relatos para leer en Halloween
Eso – Relatos para leer en Halloween

De todas las cosas que he hecho en mi vida, escribir esto y vivirlo han sido lo más difícil.

Y mi vida ha sido larga.

Empecé estas memorias, porque mi público quería saber más de mí. Si acepté, fue porque quería contar esto que lleva toda mi vida atormentándome. En mis sueños, en los momentos de soledad o en los paréntesis de tristeza.

Muchas veces me convencí de que no ocurrió. Pero ocurrió.

Terminé de escribir esas memorias hace un par de meses. Mi editor me impuso una fecha para entregarlas. Y podría haberlo hecho ya. Pero sé que falta algo. Falta lo único que ha marcado cada día de mi vida, que ha condicionado cada decisión y sueño. No quería incluirlo, porque nadie lo creerá. Se burlarán de mí. Y ya he tenido suficiente tormento en mi vida, como para aguantar las burlas en mi despedida.

Me muero.

No es porque esté enferma, no es porque alguien amenace mi vida. Me muero porque estoy viva. Porque tengo 87 años y sé que no me queda mucho. Ningún médico me dirá que me quedan pocos años de vida. Pero es algo que todo el mundo sabe. Se empeñan en avisar a los enfermos de lo corta que va a ser su vida. Porque sobrevivirán 6 años como mucho. Pero nadie le dice a un viejo que le quedan tres años como mucho.

Desconozco cuánto tiempo me queda. Pero está cerca. Y lo sé, no por mi edad, lo sé por eso que veo en los espejos.

Ahora es cuando miras hacia otro lugar. No te gusta lo que lees, porque no quieres creer. Porque no puedes creer.

Te diría que yo he sido así, no creía hasta que creí.

Pero te mentiría.

Porque siempre lo he sabido. Yo no tuve opción de creer o no creer. Yo sólo podía olvidar, pero no olvidé.

Y ahora me resisto a escribirlo en estas líneas, porque nadie lo supo nunca. Lo guardé para mí. Y he pasado toda mi vida intentando olvidar.

Pero, permíteme que te cuente algo, no se puede olvidar. Una vez lo sabes, no hay forma de dejar de saberlo.

No se puede devolver el conocimiento. Una vez lo adquieres, lo llevas a todas partes.

Siempre he querido confesarlo, hacer a alguien partícipe de lo que sabía. De lo que veo en el espejo cada vez que me miro. Pero nunca lo hice, porque yo no quería saber y si lo verbalizaba, admitía lo que me había sucedido.

El mundo no es nuestro y al que vamos tras la muerte, tampoco.

Pero las historias hay que contarlas desde el principio. Porque no hay forma de entender mi tormento, sin saber que empezó un día cualquiera para ti, un día triste para mí. Tenía nueve años. Y casi ochenta años después, sigo recordándolo como si fuera ayer.

La muerte. Algo presente a diario. Pero no en la vida de todos.

Estas memorias las empecé con mi primer recuerdo. Este recuerdo es posterior, no mucho. Me limitaré a narrar todo lo que viene a mi memoria una y otra vez. Hablé de mi hermana gemela y de su pérdida cuando apenas éramos dos niñas. Un trágico accidente en el que la perdí para siempre…

«Me desperté cuando escuché que me llamaban. Abrí los ojos y escuché su voz. Era Alicia. Sonó débil, un susurro, pero clara. Hacía apenas unas horas que había reído con ella y jugado al escondite con el resto de niños del vecindario. Horas más tarde, mis padres me dijeron que ya no volvería a verla más, que se había marchado a un lugar mejor que en el que estábamos. Les pregunté por qué. No me contestaron. Es difícil explicarle a un niño lo que implica la muerte. Y la verdad es que no les pregunté por qué se había marchado, lo que yo quería saber, era por qué ella podía ir allí y yo no. Pero era una niña y no hice más preguntas. No entendí bien qué era la muerte, pero me pareció un fastidio».

«Volví a escuchar mi nombre: “Diana”. Es curioso cómo nos asustamos de niños de cualquier cosa y cómo aceptamos otras. Era la voz de Alicia y me llamaba».

–¿Alicia? –pregunté.

«Pero nadie me contestó. Pero de alguna forma supe que Alicia me necesitaba. Miré su cama y la vi. No estaba allí, pero la veía. No tuve miedo en ningún momento, a pesar de su aspecto, pálido, sin color. Veía a través de ella, pero no me parecía un fantasma. Era mi hermana, era Alicia y me quería contar algo. Sus ojos, brillantes como los ojos de un gato al que alumbramos con una linterna. Me miraba, sin decir nada».

–Alicia –le dije-

–Diana –contestó con la misma voz apagada, como si no tuviera fuerzas y susurrara. –Tienes que recuperar mi nombre. –Tienes que ir ya, porque viene a por él –me dijo preocupada.

–No te entiendo, Alicia –le dije. No sabía a qué se refería. Era una niña, y aquello era extraño. Alicia ya no estaba. La habían enterrado, aunque era muy pequeña para saber lo que eso significaba realmente. Y no, entonces no lo comprendía. –¿Dónde está tu nombre?

–Perdí la pulsera, Diana –Alicia hablaba como Alicia, pero a Diana, ahora le parecía una extraña. –Ve al salón y mira detrás del sillón rojo, en el que jugábamos a saltar como si fuera una cama elástica cuando no nos veían.

«Habíamos cumplido años hacía poco y nuestros padres nos regalaron dos pulseras. La de ella con su nombre y la mía con el mío. Me llevé la mano a la muñeca y toqué mi esclava de plata».

«Me levanté de la cama y fui al salón. Alicia se quedó allí, como si no pudiera acompañarme. Estaba oscuro y no se escuchaba nada más que un grillo lejano. No me atreví a encender la luz. No quería despertar a mis padres. Cuando llegué al salón, la persiana estaba subida y la luz de la luna lo iluminaba todo. Vi el sillón rojo, brillante, reflejado en un espejo de cuerpo entero que perteneció a mi bisabuela. Miré detrás del sillón y vi su pulsera. Ni siquiera me había dado cuenta de que no la llevaba cuando ocurrió. Cuando ella se fue».

«Un ruido me alertó. Me giré y me vi reflejada en el espejo. Tenía media cara hinchada y no me reconocí en un principio. Las heridas de la cabeza que habían cosido con cuidado en el hospital, eran nuevas para mí. Me acerqué hasta el cristal del espejo y levanté la mano. Toqué mi propio reflejo y me imaginé que tocaba la mano de Alicia. Ella y yo éramos iguales. Aunque ya no lo seríamos más. Ella siempre sería Alicia, la niña que había en tantas fotos. Que sonreía y lo haría por siempre. Y allí estaba yo, a solas con mi reflejo. La última vez que nuestros ojos se miraron fue delante de aquel coche».

«Pero en verdad no estaba sola».

«En el espejo se reflejaba alguien más. Agazapado en las sombras, en el único punto de la habitación que no bañaba la luna. Me miró. Sus ojos brillaban como los de Alicia, en la cama. Pero de ella no tuve miedo. De eso que me miraba desde el rincón, sí. No sabía qué era, si era grande o pequeño, si estaba ahí de verdad o sólo en mi imaginación».

«Me di la vuelta. Deprisa, como si por hacerlo despacio corriera más peligro. Escudriñé el rincón. No había nada. No veía nada. Pero lo escuchaba. Oía un murmullo y una voz que parecía querer hablar, pero no podía. Como si alguien, desde muy lejos, pronunciara una única letra que no terminaba de sonar nunca. Estaba aterrada. Empecé a oler algo nauseabundo, como olía la casa aquella vez que volvimos de vacaciones y mi madre se había dejado la basura, con carne cruda, olvidada bajo el fregadero».

«Era una niña asustada que  no sabía lo que estaba pasando. Me volví hacia la puerta y miré el espejo, lo que vi, me paralizó. Lo que había en el rincón se había levantado. Llegaba hasta el techo y tenía la cabeza doblada, porque no cabía. Sus ojos, como dos chinchetas iluminadas por las llamas de una chimenea, ardían en sus cuencas. No distinguía su rostro, pero sí su sonrisa. Una sonrisa llena de dientes puntiagudos. Reuní todo el valor que tenía y miré atrás. Al lugar en el que estaba, pero no había nada. Sólo podía verlo en el espejo».

«El sonido, monótono y constante, se intensificó. El corazón latía desbocado en mi pecho. El olor era penetrante y sentía una opresión en mi pecho que me impedía respirar. Aquella cosa de la esquina levantó un brazo. Era largo y huesudo. Se acercaba a mí y casi enloquecí cuando sentí que el calor de aquella cosa era real. Estaba ardiendo y, su mano, justo detrás de mi cabeza, estaba a punto de tocarme. Sentía su calor y di un par de pasos al frente, acercándome más al espejo».

«Entonces vi que a mi lado estaba Alicia. Era una visión extraña, porque parecía de carne y hueso, aunque al mismo tiempo podía ver a través de ella. Me pidió la pulsera».

–No puedo decirte qué es eso, pero viene a por mí –me dijo Alicia.

–Pues vete, no te quedes aquí –le dije.

–No puedo irme sin eso –dijo señalando la pulsera. –Algún día lo entenderás. Pero no hoy.

«La cosa de la esquina se movía, despacio, mientras hablábamos. Su hedor era insoportable y el ruido, que venía de ella, podía llevar a la locura a cualquiera. Abrí la mano y miré la pulsera. El ser que se acercaba estiró su mano y me alcanzó sin esfuerzo. Sentía su calor y su fuerza, no había nada, pero lo sentía. No me atreví a mirar el espejo. Alicia me gritó que no la soltara, que no dejara que se llevara su pulsera. Pero aquello era fuerte y quemaba. El dolor era real, aunque no lo viera».

«Durante unos segundos interminables, luché con todas mis fuerzas contra aquello. No sabía por qué quería esa pulsera, pero no dejaría que se la llevara. Aunque no lo veía, lo golpeé y logré que me soltara, un único segundo que no dejé escapar. Aproveché y corrí hasta la puerta del salón, la cerré y caí de espaldas, agotada. El sonido de dentro era horrible. El grito continuo, gutural, que parecía pronunciar una “a” infinita y grave, aumentó su volumen. Despertaría a sus padres y a toda la calle. Una luz intensa salió por la rendija que quedaba bajo la puerta y me cegó».

«Me quedé allí, buscando una razón, un motivo para no gritar y que mis padres vinieran a salvarme. Pero no lo hice, porque tenía más miedo aún de que mi padre abriera la puerta y lo dejara escapar. Me senté en el suelo y abracé mis rodillas mientras lloraba».

«Alicia me habló y me pidió la pulsera».

–Algún día lo entenderás –me dijo y se fue para siempre.

«Me quedé dormida y mis padres me encontraron allí por la mañana. No me dijeron nada, porque no sabían qué decirle a una niña que había perdido a su hermana gemela unos días atrás y que había estado a punto de morir».

En ese momento no lo entendí y he tardado toda una vida en comprenderlo. Alicia era una niña cuando murió, pero se aferró a lo último que tuvo en su vida. Esa pulsera quedó ligada a su alma y aquella cosa vino a apropiársela.

Desde aquella noche, no he dejado de ver a esa cosa, agazapada en todos los rincones de todas las habitaciones en las que he visto mi reflejo. Está esperando a que me llegue el momento, para hacerse con mi alma. Y hace meses que la veo en pie. Ya no espera en el rincón. Se muestra entera y me mira con sus ojos ardientes.

He vivido una buena vida que he intentado vivir bien. Nunca he sabido si entendí lo que quería decirme Alicia. Pero decidí que se refería a depender de lo material. Ya no temo el espejo al amanecer, porque no podrá cogerme. Porque mi alma es libre y me marcharé en paz.

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