La costurera

La costurera
Relatos para leer en Halloween

La muerte.

A veces uno está tan enfermo que siente que se muere. Yo no lo sentía. Yo lo sabía.

Cuando alguien crece rodeado de muerte, aprende a diferenciar bien entre alguien enfermo y alguien que se muere. Así que… lo supe. Y que ella, la maldita muñeca, tenía la culpa.

Pero este es el final de mi historia. Y no me compadezcas, no. Porque después de todo, mi vida fue corta, pero tengo una historia que contar. Mucho más de lo que pueden decir muchos al morir.

La parte final «el principio de esta historia» comenzó cuando llegamos a París. Formaba parte de un circo con siglos de antigüedad. No, no era equilibrista, ni forzuda, ni mujer barbuda. Aunque alguna vez salí a la pista, en un circo, todos tienen que saber hacer más de una cosa. Yo era la costurera y me encargaba de arreglar las ropas, disfraces y vestidos de todos. Además de diseñar los trajes que no estaban inventados para los nuevos espectáculos.

Y mi condena la sellé el día que encontré una de las marionetas del ventrílocuo, tirada sobre un montón de basura.

Estaba tumbada, con los párpados cerrados. Las ropas, viejas y sucias, llenas de agujeros y descoloridas. La recogí y abrió los ojos. Pero no pienses que esta historia va sobre una marioneta encantada, no. Mi historia no existiría de no ser por ese juguete, pero no fue aquella muñeca. Ni siquiera con lo que hice con ella. Aunque, déjame que lo explique mejor.

Me llevé la marioneta a mi caravana y la desvestí. Arreglé lo mejor que pude la estructura. No se me daba mal el papier mâché. Coloreé su piel y le añadí un precioso par de ojos de cristal con dos canicas que tenía por ahí. Su mirada era extraña, las bolitas de cristal eran transparentes, con una voluta verde dentro. El resultado fue perturbador, pero al mismo tiempo, hermoso. Utilicé lanas de colores para rehacer los cabellos y le cosí un hermoso vestido hecho de jirones de telas de diferentes colores y tejidos. Conseguí algo espectacular, si se me permite ser presumida. El ventrílocuo la vio y me pidió que se la devolviera. Y no sólo eso, me entregó todo un ejército de marionetas para que las rehiciera.

Y lo hice.

El circo, pronto, fue conocido por su espectáculo de marionetas. Yo no me hice famosa. Permanecí oculta tras la nueva atracción del circo. Pero no me importó. Y hubiera sido mejor seguir así, pero poco importa ya.

Era 1847. Llegamos a París. Era invierno, un invierno frío y húmedo que calaba los huesos. Nos asentamos en una zona apartada, pero cercana al centro de la ciudad. Los parisinos no tardaron en convertir nuestra carpa, en la nueva atracción que visitar por las tardes y los días sin trabajo. Y el espectáculo de marionetas se convirtió en la atracción principal.

Un día, tras la función. Un caballero, de aspecto importante, se acercó al director del circo y le preguntó por las marionetas. Su hija, una joven enferma que no vería muchos inviernos más, se encaprichó de una de las muñecas. Quería saber cuánto pedían por ella. El ventrílocuo se negó. No quería deshacerse de la pieza principal de su espectáculo, la misma que yo devolví a la vida. El caballero insistió, su hija debía recibir todos los caprichos, porque el día de su marcha llegaría pronto. El ventrílocuo le explicó que lo que le pedía era como pedirle que entregara a uno de sus hijos. Y el hombre preguntó por el origen de la misma.

Y ahí es donde entro yo.

Si no podía comprar la muñeca, quería saber de dónde había salido, para conseguir una igual.

Me visitaron mientras arreglaba el vestido de una de las amazonas. Estaba envuelta en volantes plateados y gasas hechas jirones. El caballero estaba muy interesado en conseguir una muñeca para su hija y me pidió que lo acompañara a su casa. Su hija podría elegir cómo la quería y yo recibiría una buena compensación por mi trabajo.

¿Podía negarme?

No, no podía.

Mi sueldo era una miseria. Uno tenía comida y cama en el circo, y eso debía ser suficiente. Éramos unos privilegiados en una época mala para casi todo el mundo. No nos faltaban ni una cama caliente ni tres comidas al día. Lo que ese hombre me ofrecía era una fortuna para alguien como yo.

Me llevó con él y me presentó a su hija. La niña era una muchachita dulce y frágil. Iba en una silla de ruedas, porque no podía caminar. Era preciosa, a pesar de la palidez de su tez y lo marcado de sus rasgos. Me enseñó decenas de muñecas y me explicó lo que quería. Olvidada ya su preferencia por la marioneta que restauré, me pidió un hada. Pero no una cualquiera, quería a la reina de las hadas. Su padre me pidió que no reparara en gastos y eso hice.

Al día siguiente, con la compañía del ama de llaves, visité todas las tiendas de telas de la ciudad. Pero en ninguna vendían telas a la altura de la reina de las hadas. Nos marchábamos ya, con la tarea fracasada, cuando pasamos frente a una tienda pequeña y oscura. Dentro había toda suerte de objetos extraños. Había bolas de cristal, trozos de cuarzo de diferentes colores, maderas retorcidas, blancas por la exposición al sol y frascos de todos los colores y formas. Pero también había pañuelos. Pañuelos de gasas, de colores imposibles, con estampados de fantasía y algunos hasta tenían cristales facetados cosidos. Eran pañuelos preciosos. Y eran telas que podían utilizar para confeccionar lo que quería.

Le dije al ama de llaves que compraría lo que necesitaba allí y, a pesar de su reticencia, lo hicimos.

Ojalá hubiera insistido un poco más. Mi final no habría llegado tan pronto.

Escogí los pañuelos más bonitos que vi. Cogí unos cuantos con cristales, otros de colores preciosos y alguno de tejidos más opacos, pero con un brillo casi hipnótico. Entonces, cuando ya habíamos pagado y nos marchábamos, vi las piedras. Eran doradas, con el centro rosa claro. Eran los ojos de mi reina de las hadas.

Ojalá no las hubiera visto. Pero eran perfectas… la mujer que las vendía me advirtió. Y le hice caso, pero al final, sucedió.

–Niña –me dijo, –¿sabes utilizar esto? –me mostró las piedras y las dejó caer en un saco de terciopelo. Cogió el cuenco en el que estaban y las volcó sin tocarlas.

–Sólo las quiero para usarlas como los ojos de una muñeca –le dije. Me miró de una forma que me hizo sentir incómoda.

–No las toques –me dijo.

–¿Y cómo las pondré en su lugar si no lo hago?

–Eres lista, tienes ojos de lista –me dijo. –Ponte guantes, pero nunca las toques directamente, estas piedras son muy poderosas, pueden matar y otras muchas cosas que no se pueden decir.

–¿De verdad son peligrosas? –le pregunté, aunque no la creí. –La muñeca es para una niña y está enferma. No querría perjudicarla.

–¿Cómo de enferma? –preguntó.

–Mucho, no cumplirá diez años, mi angelito –intervino el ama de llaves.

–Entonces no le pasará nada. Incluso podría mejorar –la mujer quedó satisfecha y me entregó las piedras. –Pero no las toques, recuerda.

Salimos de la tienda y yo marché al asentamiento del circo y el ama de llaves a la casa de sus señores.

Esa misma tarde empecé a fabricar la muñeca. El ventrílocuo me ayudó con la estructura. Y una vez terminada, empecé a diseñar el vestido de la reina de las hadas.

Una tarde, cuando tenía casi terminado el vestido, la ayudante del mago, una joven que no tenía muchas luces, pero que era preciosa, entró en mi caravana. Le gustaba hacerlo de vez en cuando, para ver mis telas y juguetear con los botones, emparejándolos. A mí no me importó nunca que lo hiciera. Pero, aquella tarde, estaba especialmente irritante. Hacer esa muñeca se había convertido en mi tarea completa, no salía apenas y casi no comía. Y Leandra, que así se llamaba, quería saber si estaba bien.

–Es que hace una semana que no sales de aquí –me dijo. –Nos tienes preocupados, Bernadette. –Yo levanté la vista de mi costura. ¿Llevaba una semana entera cosiendo sin parar?

–Estoy bien, es que quiero terminarla cuanto antes, es para una niña y está enferma –le expliqué.

–Ya casi la tienes terminada, pero ¿vas a dejarla así? –dijo sosteniéndola entre sus brazos, tocando con sus deditos las cuencas vacías.

–No, tengo unas piedras perfectas para sus ojos.

–¿Puedo verlas? ¿Son estas? –dijo señalando un cuenco lleno de canicas.

–No, las tengo en ese saco, pero no tengo tiempo ahora de enseña…

–¿Este saco? –dijo levantándolo. La cuerda que lo cerraba no estaba anudada y las piedras cayeron al suelo.

–¡No! –grité.

Leandra se agachó para recogerlas, pero yo fui más rápida y las cogí sin pensarlo. No podía dejar que las tocara y para evitarlo, lo hice yo.

No sentí nada especial, ni bueno ni malo. Pero mi corazón se aceleró, como si acabara de subir unas escaleras. Leandra se me quedó mirando, sin entender mi forma de actuar.

–Lo siento, no quería tirarlas –se disculpó.

No supe qué contestar. No podía articular palabra. ¿Qué había hecho? ¿Qué me pasaría? En ese momento pensé que la mujer de la tienda sólo quería asustarme. Las había tocado y ya. No había pasado nada. Leandra se despidió y se marchó y yo seguí allí sentada, con las piedras en mi puño cerrado y el vestido a medio coser en mi regazo.

Al día siguiente empecé a sentirme mal. Me dolía el estómago y me costaba respirar. No me quedaba mucho para terminar la muñeca y a pesar de mi malestar me puse a trabajar. Cada puntada me costaba un mundo, pero ya casi había terminado.

Me decía, una y otra vez, que era producto de mi miedo ante las palabras de la mujer.

Antes de que terminara la semana, terminé la muñeca. Sólo quedaban los ojos. El vestido era perfecto, digno de la reina de las hadas. Retiré la peluca que había cosido. Lo había hecho con lanas de color malva, hilos dorados, cordones de seda blanca y algunas cadenas doradas, que tenía de alguno de los vestidos de la mujer barbuda. Le quité la cabeza y la abrí. Dejé caer las piedras sobre la mesa y dudé. Ya las había tocado, así que poco importaba ya lo que hiciera.

Coloqué las piedras en las cuencas y las fijé con engrudo, como me enseñó el ventrílocuo. Le di la vuelta y la muñeca me miró con sus ojos dorados, sin pupila. Pensé si pintarles un punto negro, pero no lo hice. Era un hada y las hadas podían tener ojos sin pupila. Si a la niña no le gustaba, sólo habría que pintarlo en un momento.

La monté de nuevo y la vestí. La envolví en papel de seda y la aseguré con un cordón rojo. Me vestí y me preparé para llevarla a su nuevo hogar.  Pero no llegué a salir de mi caravana. Empecé a sentirme mal y a toser. No podía respirar y la cabeza me iba a estallar. Cogí un pañuelo y me senté, hasta que me recuperé. Miré el pañuelo y se me paralizó el corazón.

Había sangre.

Eso fue el principio. Aunque no duró mucho.

El ventrílocuo me hizo el favor de entregar mi trabajo. En una semana, me vi postrada en cama. Los dolores me vencieron. Nunca fui una mujer débil, pero, no podía moverme. El circo entero se preocupó por mí y vi cuánto me querían. Éramos una familia peculiar. Todos pensaron que mejoraría, pero el médico y yo sabíamos que no lo haría.

Uno sabe cuándo le llega la hora, aunque no quiera verlo.

Sabía que me moría y que era culpa de las piedras. Estuve tentada de arrancarle esos ojos antes de que la niña la recibiera, pero recordé las palabras de la mujer de la tienda y no lo hice. Tal vez, ya habían perdido su magia. Y después de todo, dijo que no importaba que la niña las tocara.

Un día antes de mi muerte, recibí la visita del caballero que me había encargado la muñeca. Su rostro había cambiado. Era un hombre atractivo, pero el día que lo conocí, tenía la mirada triste y el rostro pálido. Aquella tarde estaba radiante. Como si la vida le hubiera dado todo lo que quería. Y, de alguna forma, así era.

Cuando vio mi estado, quiso que su médico personal me viera. Tras recibir la muñeca, su hija, que llevaba días sin poder casi ni respirar, comenzó a sonreír. Y al día siguiente mejoró a la vista de todos. Al tercer día se puso en pie, cuando no había caminado desde hacía años. Y cada día, mejoraba más y más, hasta el punto de que el médico no podía creer su mejoría. Y todo había comenzado con aquella muñeca que yo había creado. La ilusión la había curado.

Pero no había sido eso.

Yo lo sabía.

Fueron las piedras.

Me robaron lo único que tenía, mi vida. Y, lo que a mí me quitaron, a ella se lo dieron.

Poco antes de morir, ni siquiera me importaba ya marcharme. Sólo quería que terminara cuanto antes y poder descansar.

Pero ni siquiera eso he logrado.

Las piedras me lo quitaron todo.

Morí, pero no partí a ese lugar que van todos. Me quedé allí dónde todo empezó. En esas piedras. Y vi crecer a esa niña y convertirse en una mujer. Vi a sus hijos y vi crecer a la única niña que tuvo. Después sólo hubo oscuridad, creo que me guardaron en una caja. Y ahora estoy sentada en una estantería de la que no saldré nunca. Sentada, con la mirada perdida y la gente contemplándome y señalándome. Llevo tiempo preguntándome hasta cuando estaré aquí.

Muchos buscan la eternidad.

Yo que la conseguí, sólo puedo decir, que no saben lo que dicen.

Fui una humilde costurera que nunca hizo nada grandioso. De mi mano solo quedó aquella muñeca, mi última obra, perdurará por siempre. Y, mucho me temo, yo con ella.

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