El lecho

El lecho
Relatos de terror para leer en Halloween

Aquel día fue el primero en el que te nombré en pasado. Y hacía siete meses que te había perdido.

De repente, sin avisar.

Nos acostamos, dormimos juntos y te levantaste temprano, te embutiste en tu traje y me dejaste en la cama. Soñando con nuestra vida juntos. Sin saber que te ibas para siempre.

Y no pude dormir más en aquella cama, porque era nuestra y ahora sólo era mía.

Llegó esa mañana, era especial. Para los vivos, que vamos a visitaros en vuestro sueño. Me vestí con mi mejor vestido, teñido de negro, como mandaba la tradición. Mi alma estaría de luto, muchos años después de que las polillas se den un festín. Pero el alma no la ven los vecinos y la ropa sí.

Era el día de todos los santos y tocaba visitar a quienes ya no veríamos más. Te fui a hacer compañía en tu lecho eterno. Me senté en el suelo, ante la mirada curiosa de unos y otros. Una señora, la esposa de un médico, alguien importante, no podía hacer esas cosas en público. Que pensaran lo que quisieran.

«Estará trastornada», decían.

Y de alguna forma, lo estaba.

Cuando tu alma se entrelaza con otra, ya no puedes vivir sin ella. Te falta algo, para siempre. Se crea un roto, que no se puede reparar.

Y allí pasé casi todo el día. Sin comer ni beber. Te sentía a mi lado y estaba dónde quería estar. Pero el día terminó y volví a nuestra casa, la que, ahora, era sólo mía.

Te dije adiós en el cementerio, frente a tu lápida y me fui. Cené temprano, y me fui a dormir. Y  aquella noche, me di cuenta de que nunca volvería a verte. Sé que suena raro, pero fue entonces cuando lo supe. Cuando salí esa mañana, salí de nuestra casa. Pero volví a la mía. Y ahora tenía que dormir y lo haría en mi cama, que nunca volvería a ser nuestra.

La noche era tranquila. Nadie salía de casa la noche de difuntos. Unos por respeto, otros por miedo.

Me dormí temprano, pero a las tres de la mañana desperté. Algo había sonado abajo. Pero estaba sola. Cerré los ojos e intenté dormir de nuevo.

Otro ruido terminó por desvelarme. Y sonaba igual que cuando llegabas de una urgencia. Aquellas noches en que venían a buscarte y te marchabas hasta casi el alba. Cuando regresabas, entrabas con cuidado, para no despertarme. Lo hacías por el jardín. Abrías la puerta del salón y dejabas tu maletín sobre la mesa. Tenía grabado ese sonido en mis oídos y era lo que escuchaba, estaba segura.

Pero no dejaba de ser imposible.

Entonces escuché el crujido del primer escalón de madera. Ese que pisábamos con cuidado, porque sabíamos que sonaría. Y lo escuché con claridad.

Me senté en la cama. En mi cama, la que fue nuestra.

Nada, el silencio.

Ya no podía dormir. Me levanté y me cubrí con la bata. Hacía mucho frío. Me acerqué a la ventana, buscando algo vivo ahí fuera que me brindara un poco de calor. Pero no había nada. Sólo los árboles, erguidos hacia el cielo oscuro y las estrellas.

Y la escalera volvió a sonar.

Alguien subía.

Aterrada, me acerqué a la chimenea apagada. El olor de las cenizas me recordó a ti. Tú eras quien encendía aquella chimenea, apagada y fría desde que te fuiste. Cogí el atizador y me acerqué a la puerta.

Otro crujido confirmó lo que temía, alguien venía. Un ladrón aprovechaba la noche más solitaria del año y venía a robarme. Estaba sola y todos lo sabían. ¿Y qué haría yo?

Si abría la puerta, él sabría que lo esperaba. Si aguardaba a que él entrara, podría ser tarde. Tenía a mi favor que no se sabía descubierto y decidí aprovecharlo.

Esperé a que el ruido de las maderas me hablara, dos pasos antes de llegar a la puerta, crujiría un tablón, lo sabía. Pero los pasos se detuvieron antes de llegar a esa tabla y sólo hubo silencio.

Mi corazón latía desbocado. Las manos me sudaban y el frío había desaparecido. Aquel ladrón jugaba conmigo.

Sin pensarlo, agarré con fuerza el atizador, con mi mano derecha y con la izquierda, sujeté el pomo de la puerta. Sucedió algo que no esperaba. El pomo giró y lo solté. Iba a entrar, pero yo lo estaba esperando.

Sujeté el hierro entre mis manos. Y esperé. La puerta se abrió y me preparé para golpear a quien osara cruzar el umbral. Pero no había nadie allí.

Pensé si no habría sido yo quien había abierto la puerta. ¿Había enloquecido? ¿Ya no sabía lo que hacía?

Busqué la lámpara que había junto a mi cama. Caminé de espaldas, sin quitar la vista de la puerta abierta. Encendí una cerilla y prendí la mecha. La alcoba se iluminó y todo recobró el aspecto conocido que brindaba seguridad. El miedo casi se disipó por completo. Pero no estaba tranquila. Cogí la linterna y el atizador y di una vuelta por toda la casa.

En el piso de abajo sentí un olor conocido que me paralizó. Un olor casi olvidado, que no había vuelto a oler desde que te fuiste aquella mañana. Era el aroma de tu loción de afeitar. Y todo el piso olía a ti.

El miedo me abandonó en ese instante. Tu recuerdo y lo mucho que te añoraba se llevaron cualquier otro sentimiento. No pude contener las lágrimas. En ese momento me sentí la mujer más solitaria del mundo.

Volví a la cama y acosté. Pero dejé el atizador apoyado en la mesilla.

Y volví a escuchar un ruido. Esta vez, dentro de la habitación. Por la ventana entraba un rayo de luna, que brillaba por encima de las montañas que nos rodeaban. El ruido venía del armario. Y cuando dirigí mis ojos hacia él, vi que estaba abierto.

Mi corazón se aceleró de nuevo. El olor de la naftalina llenó la habitación. Y el frío, ya intenso por las fechas, se metió en mi cuerpo y me provocó un escalofrío. El olor de tu loción se mezcló con el del armario y me revolvió el estómago. Algo se movía por el cuarto y el miedo se apoderó de mí. Perdí el poco valor que había reunido para salir a revisar la casa y me escondí entre las sábanas, la última fortaleza que me quedaba.

Sentí que caminaban alrededor de la cama. Se acercaba a tu vestidor y soltaba algo. Mi corazón estaba a punto de estallar y mi cuerpo temblaba. Aterrada era poco, para cómo me sentía.

Alguien se sentó en mi cama, esa cama enorme en la que me escondía. No sé cómo, logré reunir un poco de coraje y asomé la cabeza. No había nadie allí, estaba sola, pero el colchón se hundió, estaba segura. Intenté calmarme y dormir. No iba a dejarme llevar por supersticiones y tonterías. Estaba sola y no había nada allí.

Me volví hacia la ventana y me recosté de lado, intentando apartar todo lo que me aterraba y dormir.

Pero lo que se sentó en la cama se movió hacia mí y sentí que yo misma me movía hacia el medio, donde el colchón estaba hundido. Mi corazón se desbocó otra vez y se paralizó al sentir que unos brazos me rodeaban y el aliento de alguien en mi nunca. El olor de tu loción se hizo insoportable y se me erizó el vello en todo el cuerpo. Estaba paralizada, incapaz de mover un músculo y de respirar siquiera. Y entonces escuché tu voz, susurrante y débil, que me decía: “Tenía frío en mi lecho”.

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