De los diarios de Carlo de Rosa

Julia había heredado una vieja casa que se caía a pedazos. En otro tiempo había sido un lugar importante, pero hacía mucho que el edificio se había dividido y remodelado. La parte en la que estaba, la que había recibido en herencia, era la única que permanecía tal y como la dejaron sus dueños originales.

Sus abuelos se hicieron con la propiedad en los años cincuenta, en una subasta. Era un viejo caserón que había sobrevivido a las remodelaciones por encontrarse alejado del edificio principal. Era una casa pequeña, de madera, que había servido de hogar a una antigua orden religiosa, ya desaparecida. Ni siquiera recordaba el nombre, aunque su abuelo se lo había contado en mil ocasiones. Casi podía verlo allí sentado. Frente a la chimenea, narrándole cuentos e historias que la volvían loca. Y más locos aún a sus padres, cuando en mitad de la noche escuchaba un ruido o veía una sombra y todas esas historias de monstruos retornaban, convertidas en realidad.

Hacía mucho de aquello. La casa estaba ahora en ruinas. Pero estaba decidida a remodelarla. Empezaría dejándolo todo limpio. Tiraría lo que no servía y pediría un presupuesto a algún arquitecto. Sería caro, pero el lugar merecía la pena.

Una tarde, mientras barría el suelo, pisó una tabla y se partió. Se cayó al suelo y dio gracias por no tener más que un arañazo en el gemelo. Podía haberse partido el tobillo. Cuando sacó la pierna, vio algo enrollado y lo sacó.

Tiró del lazo que lo mantenía cerrado y unas hojas cayeron al suelo. Parecía un diario, se sentó en el suelo y empezó a leer…

1847. Invierno. Gryfino. Soy Carlo de Rosa y me dispongo a dejar constancia de mis pesquisas. Como indica la orden.

Día I

Llegué a Gryfino temprano. Las calles estaban vacías y los pocos vecinos que encontré, se encerraron en sus casas a mi paso. La lluvia caía ligera y el frío calaba los huesos. Mi capa chorreaba y la posadera me hizo colgarla en la entrada. Me miró como si fuera el mismo diablo por el que me habían llamado.

No era una ciudad grande y estaban sufriendo pérdidas que ya afectaban a los habitantes. El sacerdote pidió ayuda a sus superiores y ellos me llamaron a mí.

Y aquí estoy. Sentado en el escritorio que pedí esta misma mañana, tomando nota de todo lo que averigüe de los vecinos y familiares de los muertos. Aquí, en Gryfino, creen que todo es culpa del diablo. Yo lo dudo. Y la Iglesia también. Y por eso estoy aquí. Para averiguar la verdad.

Mañana visitaré a los familiares de la última víctima. Ahora descansaré, el viaje ha sido largo y el invierno es demasiado frío.

Día II

Estoy estupefacto. No hay palabras para describir lo vivido. El día amaneció gris y seguía lloviendo. La posadera me despertó. Estaba en camisón y se cubría con un chal negro y pesado.

«Señor de Rosa, despierte, una desgracia. Otra vez».

La señora gritaba. Estaba histérica y me levanté de la cama sin calzarme para abrir la puerta. La mujer estaba muy nerviosa y tenía los cabellos revueltos.

«Ha sido aquí mismo. ¡En mi posada!».

Tuve que sujetarle las manos para calmarla. Y entonces me contó lo que había pasado.

«¡Es horrible! Por el Santísimo. Aquí mismo, en mi casa. Yo no escuché nada, pero esta mañana, al alba, me levanté como todos los días, para encender el horno. Y vi el rastro. Había gotas de sangre en la cocina. Al principio pensé que habría entrado cualquier animal herido, pero no, las seguí y venían de la despensa. Abrí la puerta y, no puedo seguir, Dios mío, en mi cocina, en mi despensa».

«Entonces lo vi. Estaba allí, retorcido, como un muñeco. Se me pone la piel de gallina. Estaba lleno de sangre. Olía como en las matanzas, a sangre y excrementos. Tenía la garganta abierta y las tripas fuera. Una visión horrible. En mi posada».

Me deshice de ella y bajé a la cocina. El olor a sangre era penetrante. Llegué hasta la despensa y contemplé la escena. El cadáver estaba presentaba heridas muy graves. La muerte se produjo casi de inmediato, por exanguinación. Tenía múltiples cortes irregulares. El ataque podía deberse a una herramienta sin afilar. Pero lo más probable era que fueran arañazos y mordiscos de alguna bestia. Lo único que no cuadraba, era el lugar en el que había aparecido el cuerpo. Tal vez lo atacó un lobo y se refugió en la posada y, aterrado, herido de muerte, se encerró en la despensa. Si lo hubiera atacado un animal fuera, habría más sangre en la cocina. Con esas heridas no era posible. Tampoco había rastro atacante. Debía haberse manchado de sangre y hubiera dejado alguna huella en su huida.

Esperamos a las autoridades y se llevaron el cuerpo.

Día III

Ayer me entrevisté con algunos familiares de las víctimas y con los huéspedes de la posada. No he sacado nada en claro, más que los ataques suceden siempre durante la noche y que nunca se producen ante la vista de más de dos personas. En realidad sólo ha habido un ataque en el que hubiera más de una víctima. Tal vez empiece a verme influenciado por el terror de estas gentes, pero algo me dice que no estoy ante un asesino más.

Día VI

Ya conozco todos los detalles de todos los crímenes. No saco nada en claro. Las víctimas no tenían nada en común y cada una de…

Estoy agotado. Es ya madrugada y no he tenido tiempo para ponerme frente al  papel en el que escribo estas líneas. Hay un nuevo cadáver. El huésped que se alojaba en la habitación contigua.

Escuché un golpe, seguido de un grito y corrí hacia la puerta, dejando la frase a medio terminar. La puerta estaba cerrada y la derribé de una patada. Entré a la alcoba y me encontré un cuerpo apoyado en el alfeizar de la ventana, con las piernas dentro. Me acerqué y comprobé que estaba muerto. Estaba lleno de sangre y tenía marcas de mordiscos en cara y cuello.

Miré a la noche, esperando encontrar alguna pista del asesino. Había estado allí hacía menos de un minuto. No había nadie. No había luz, era tarde y todo el mundo se encerraba en casa. A lo lejos me pareció ver un bulto oscuro moverse, pero nada más.

La posadera está histérica. Nos ha obligado a atrancar las ventanas de nuestras habitaciones y se ha encerrado en el sótano.

Día IX

Empiezo a pensar que me estoy volviendo loco. Eso, o el duro invierno y el ambiente de pánico de la ciudad me afectan más de lo que hubiera esperado.

Hay una nueva víctima, la diferencia es que esta vez sí que hay un testigo. Un niño. No tiene más de siete años y afirma que vio al agresor sin ser visto. Su madre, el nuevo cuerpo que ocupa la morgue, lo escondió en el armario y desde ahí lo vio todo. Escucharon un ruido y la  mujer, asustada, lo puso a salvo. Un lobo entró en la casa por la ventana y la atacó sin piedad. El niño estaba traumatizado. La sangre lo salpicó todo. Y entonces, el lobo, se transformó en un hombre desnudo, lleno de manchas de la sangre de su madre. Giró la cabeza de la mujer, moribunda a un lado y le clavó los dientes en el cuello. Estuvo un rato así y después la tiró, como quien tira el corazón de una manzana tras comerla.

Lo que el niño contaba no cuadraba con las pruebas y rastros que había en la casa. Le pregunté por qué no había dejado aquel hombre un rastro de huellas de sangre al marcharse. Lo que me contestó me dejó sin palabras, porque, en toda mi vida, sólo he conocido un caso en el que el asesino no era de este mundo. Aquel caso nunca se cerró. Quedó abierto porque el asesino desapareció.

«El hombre se convirtió en niebla y la niebla se fue por la ventana que rompió el lobo y ya».

Muy poca gente conocía esa historia. Aquella vez fue en un pueblo pequeño y hubo testigos que afirmaron saber de lo que se trataba: un vampiro.

Y si aquello era lo que estaba pasando allí… había muy poco tiempo para ponerle freno. Era cuestión de tiempo que aquella cosa dejara de alimentarse y se marchara a otro lugar

Día XII

No llevo aquí dos semanas y desde que llegué, hasta ahora, la ciudad ha pasado del terror al pánico colectivo. Todo el mundo teme a todo el mundo. Las muertes han salpicado a ricos y pobres por igual. Nadie parece poder escapar a este asesino silencioso.

Esta mañana le han dado una paliza a un extranjero que llegó poco antes de la primera muerte. Lo dejaron medio, terminó en el hospicio, atendido por las monjas. Y al anochecer ocurrió una nueva desgracia. Nadie se sintió culpable por el error, pero sí temerosos, por no haber acabado con el verdadero asesino.

Empiezo a tener algo claro en todo esto. El asesino no vive en la ciudad. Siempre ataca en las afueras y en las zonas cercanas a la entrada a las alcantarillas.

Mañana, al amanecer, bajaré a las cloacas y lo buscaré. Si es lo que temo, estará descansando en su guarida, dormido y vulnerable. Espero dar con él y poder continuar estas líneas.

Día XIII

Todo ha terminado. Esta mañana di con el ser que se escondía en lo más recóndito de las alcantarillas. Me llevó horas dar con él. Pero había sido imprudente, había un rastro de cuerpos de animales muertos que seguir. No debía tener bastante con las piezas humanas que había cazado y había buscado más.

Estaba en una vieja cripta abandonada. Dormía en un rincón, cubierto de telas y pieles viejas. Casi no lo encontré en una primera inspección. Pero sabía que estaba allí. Lo olía. Una peste nauseabunda a animales muertos y a excrementos. El olor de las cloacas era casi un alivio, comparado con lo que había en aquella cripta.

Tiré de las telas y la cosa se removió. No era más que un hombre desnudo, cubierto de sangre seca y mierda. Se revolvió, intentando escapar de mi puñal, pero no lo logró. Hundí la hoja en su pecho y gritó. Su grito me taladró los tímpanos, pero no me inmuté, tenía que permanecer fuerte. La hoja, de plata, bañada en verbena, era la única forma de terminar con aquello, para siempre. De esa herida no podría recuperarse. Durante unos segundos se retorció y gritó, lanzó sus manos contra mi cara y me arañó el cuello.

Y aquello no era bueno.

No se sabe demasiado de los vampiros. No había demasiada gente que hubiera podido relatar su hazaña. Lo poco que sé, lo conocí por mi mentor. Pero ser herido por uno no traía nada bueno.

Me he curado la herida, aunque continúa fresca, como recién hecha. No sangra mucho, pero tampoco muestra señales de que vaya a cerrarse.

Avisé a las autoridades de que el asesino había muerto. Llevé el cuerpo a la morgue. No conté nada sobre lo que era. Ya no era peligroso y la gente comprendía mejor que el asesino fuera un loco que un vampiro. El forense vio la herida y pareció poco convencido de mi historia. Lo había apuñalado en el pecho, pero los bordes y la herida, estaban quemados. Ese era el efecto de la plata y la verbena en seres como aquel. Pero nadie tenía por qué saberlo.

Me quedaré un tiempo en la ciudad. Los vampiros, a veces, convierten a otros en lo mismo que ellos. Todas las víctimas presentaban heridas que no permitían su regreso como vampiros. Pero no arriesgaré todo. Esperaré un par de semanas y después me marcharé.

El día ha sido duro, ahora voy a descansar y mañana ya se verá.

Día XXVII

No he sido avisado de ningún nuevo ataque y el peligro ya ha pasado.

La herida de mi cuello sigue abierta. Como el primer día. He logrado mantener las infecciones lejos, que ya es un logro. Empiezo a temer que moriré con esa herida aún abierta. Tal vez, a mi regreso a la orden, pueda releer notas de mi maestro y encontrar alguna pista sobre estas heridas, provocadas por un vampiro. Sé que la conversión en vampiro empieza por una herida como esta, pero es necesario que el vampiro lama la carne viva y la impregne con lo que sea que lleve su saliva. Es lo único que me permite dormir por las noches.

Día XXX

Escribo estas líneas, momentos antes de abandonar Gryfino. Mi tarea aquí ya ha terminado. Hoy me siento enfermo y la herida ha amanecido diferente. Todos los días, al mirarla, la veía brillante y roja. Hoy estaba pálida y seca.

Creo que tengo fiebre y la garganta seca, hace que respirar se convierta en tortura. La posadera me dio un caldo en el desayuno que alivió un poco mi malestar. Pero ahora, casi la hora ya de partir, me siento muy enfermo.

He tenido pesadillas. Pesadillas que temo recordar.

Recuerdo un diario de mi maestro, en el que hablaba de alguien que fue mordido por un vampiro, pero que no murió. Recuerdo que contaba los síntomas y las fases por las que pasó antes de …

No quiero escribir la palabra. Temo demasiado lo que implica. Mi cordura está intacta, o eso creo. Mi malestar no se debe más que a un resfriado. Eso es lo que me dijo la posadera y es lo que quiero creer.

Ya oigo al cochero. Los cascos de los caballos se han detenido frente a la posada. Me despido con estas líneas y espero retomar este diario al llegar a mi hogar.

Pase lo que pase, debo dejar constancia junto a las notas de mi maestro. Para que quien venga detrás de mí, pueda continuar el trabajo.

Sea lo que Dios quiera.

Y ahí terminaba todo. Aunque las hojas estaban numeradas y faltaban muchas. Julia se preguntó si algún día podría conocer el resto de la historia. Su abuelo le contó una vez una leyenda sobre vampiros. Ahora, tras leer esas palabras, las preguntas eran demasiadas y las posibilidades de obtener respuesta, pocas.

Julia enrolló las hojas y las ató, las guardó en su bolso y siguió con su tarea. Terminó de barrer la casa y se marchó a dormir a su pequeño apartamento. Aquella noche soñó con su abuelo y con una orden de cazadores de vampiros. Al despertar, no podía dejar de pensar, cuánto de verdad había en los cuentos de su abuelo y en esos papeles que había encontrado.

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